Valpuesta

Francisco Javier Sánchez

Hace varios años escribí un artículo titulado “Cantabria en el nacimiento de la lengua castellana” ( publicado en “El Diario Montañés” en fecha 18/09/2006), que reproduzco más abajo, donde trataba de poner en valor la contribución de La Montaña en la gestación de Castilla y del idioma castellano, y donde alertaba de la repercusión futura de las investigaciones de los manuscritos de Valpuesta (Burgos).

Los estudios de filólogos y paleógrafos respecto de los cartularios de Santa María de Valpuesta han continuado durante estos años, con el respaldo de la Real Academia Española, y han dado como fruto la edición de “Los becerros góticos y galicano de Valpuesta”, que fueron presentados en la sede de la Academia en Madrid. Estas investigaciones vienen a confirmar que las palabras más antiguas escritas en romance castellano proceden de los códices de Valpuesta.

Sería aconsejable no dejar pasar de largo este descubrimiento cultural de gran relevancia para la comunidad hispánica, y -olvidando artificiales fronteras autonómicas- tomar nota de la importancia de Valpuesta, de su antiquísimo Obispado ( que comprendía también las actuales Cantabria y Alava), y de sus códices que vienen a registrar por escrito el habla de los castellanos de los siglos IX y X, sin dejar de lado, por supuesto, otros centros fundadores de nuestra lengua como San Millán de la Cogolla, Silos, Oña o Liébana.

Cantabria en el nacimiento de la lengua castellana

En la inauguración del I Curso Superior de Estudios del Español, organizado por el Gobierno regional, el consejero de Cultura ha reivindicado el papel que tiene Cantabria en el origen del español, en sintonía con las declaraciones repetitivas del presidente Miguel Ángel Revilla referidas a que no es La Rioja, sino Cantabria, la que ha de ser considerada como cuna del castellano; todo ello, como si se fuera preparando el terreno de las justificaciones para la puesta en marcha del “Campus Comillas”, ambicioso centro para el estudio, investigación, difusión y relanzamiento de la lengua castellana, que esperamos sea cuanto antes una realidad esplendorosa. Después de tantos años de silencio y dejadez por parte de los gobernantes de turno, parece que afloran las prisas por aportar el currículum que acumula Cantabria para postularse como cuna del castellano, con prioridad sobre La Rioja que lleva años presentándose como referente indiscutible en la materia con los monasterios de Suso y Yuso de San Millán de la Cogolla.

El presidente Revilla ha llegado incluso a retar al de La Rioja para que demostrara que no nació en Cantabria el castellano. Pero, dejando aparte este reto del presidente cántabro que fue eludido por parte riojana, lo interesante es que, al hilo de los innegables beneficios de toda índole que va a suponer la Universidad del Castellano de Comillas para la sociedad montañesa en particular y para el mundo hispánico en general, se empieza a decir abiertamente que, Cantabria, algo o mucho ha tenido que ver en la gestación de nuestra lengua. ¿Nos estaremos quitando complejos los ciudadanos de Cantabria al asumir sin ambages esta perspectiva enriquecedora que, en realidad, no es nueva?. Manuel Pereda de la Reguera, prolífico humanista santanderino, ya escribió hace años en su libro Cantabria, raíz de España un capítulo titulado “Cantabria, cuna del idioma castellano”, como no podía ser de otra manera si también la consideraba “madre de Castilla”. “El nacimiento de un idioma ha de estar íntimamente relacionado con los hechos históricos que en su época inciden sobre un determinado territorio. Hablar de fenómenos lingüísticos sin estudiar aquéllos, no sería posible y menos aún si se trata de ubicar su nacimiento en una región determinada. El idioma castellano nace en Cantabria, como afirmó categóricamente Menéndez Pidal hace medio siglo”, dice textualmente Pereda de la Reguera, quien considera también que “el nacimiento de Castilla, como territorio originario, como núcleo político disidente fue también otro de los grandes hechos debidos a la fabulosa Cantabria”.

Nos encontramos, por tanto, ante dos acontecimientos de suma relevancia histórica que no se pueden disociar, como son el nacimiento de Castilla y del idioma castellano en el solar de la antigua Cantabria y con la contribución de las gentes de muy diversos orígenes que la habitaban densamente, tras la invasión musulmana de la mayor parte de España en el siglo VIII: indígenas, tardorromanos y visigodos; la cántabra Castilla, como gustaba decir a Pereda de la Reguera, buscó pronto su salida hacia el sur, traspasando los puertos montañosos que la separan de las tierras del alto Ebro. En sucesivas y continuas etapas, los primeros castellanos montañeses fundaron en el año 800 el monasterio de San Emeterio y San Celedonio de Taranco de Mena (Burgos), lugar muy cercano a Los Tornos, en cuya acta de fundación aparece por primera vez escrita la palabra Castilla; reconquistaron la mítica Peña Amaya (año 860), uno de los principales asentamientos de los antiguos cántabros y repoblaron Burgos (año 884), que será conocido más tarde como cabeza de Castilla. Y es en esta zona de primera expansión donde se encuentran, a su vez y con toda lógica argumental, más apoyaturas al planteamiento del nacimiento del castellano en Cantabria, pues no ha de olvidarse el papel que desempeñó el Obispado de Valpuesta, primera diócesis del oriente del reino de Asturias, fundada en el año 804 por el obispo Juan durante el reinado de Alfonso II y que abarcó buena parte de la actual provincia de Cantabria, todo el norte de la de Burgos y las zonas más occidentales de las actuales Álava y Vizcaya, cuando la reconquista de La Rioja no se inicia hasta el siglo X. En el Obispado de Valpuesta recayeron labores esenciales en la organización de la primitiva Castilla y, de dicho lugar, parece que proceden los documentos más antiguos escritos en el primigenio romance castellano, algunos ya remontándose al mismo siglo IX, conocidos como Cartularios de Valpuesta, anteriores en antigüedad a las Glosas Emilianenses de San Millán, que datan del siglo XI y que responden a una variante riojana con influencias del dialecto navarro-aragonés. La tesis valpostana se va abriendo camino y sucesivos estudios sobre la materia confirman la solidez de sus argumentos. Emiliana Ramos Remedios, Saturnino Ruíz de Loizaga, Ricardo Ciérbide y otros investigadores, se han adentrado en los descoloridos pergaminos de Valpuesta, que se guardan en el Archivo Histórico Nacional, para intentar dar luz a la génesis del castellano. Pero, como explica el periodista mirandés Nicolás Dulanto Sarralde en su libro Valpuesta, la cuna del castellano escrito, “una lengua primeramente se habla y después, mediante signos gráficos, la van reflejando los escribas”; es decir, primero el idioma fue gestándose en las voces romanceadas de manera lenta y es ahí donde, las gentes montañesas de Cantabria, se erigen en los primeros hablantes del incipiente castellano. El catedrático de la Universidad de Valladolid, César Hernández, ha tenido que decir -en la inauguración del I Curso Superior de Estudios del Español antes mencionado- que considera necesario conocer mediante investigaciones serias la relevancia que ha tenido Cantabria, por no haber explotado su papel histórico y lingüístico adecuadamente; a lo que añadiría que habría que percatarse del significado histórico y lingüístico que para La Montaña implica Valpuesta.

Con este artículo de opinión no se pretende enfrentar regiones, ni ir contra San Millán de la Cogolla, ni apropiarse en exclusiva de una lengua de trayectoria mundial. Tampoco se trata de restar importancia a los códices de los monasterios de Liébana, Santoña, Aguilar de Campóo, Santillana, San Millán, Oña, Silos en la cimentación de la lengua escrita, pero conviene poner a la olvidada Valpuesta y a Cantabria en el lugar que les corresponde. Por tanto, La Montaña merece ser reconocida en su contribución esencialísima al nacimiento del idioma castellano, debiendo ser considerado su ámbito geográfico e histórico el primero en el que sus habitantes comienzan a hablar el romance más innovador, el que más se distancia del latín y el más revolucionario en las soluciones gramaticales, y que pasará a ser conocido como la lengua castellana, idioma común de los españoles desde hace siglos, y patrimonio de todos los países del mundo hispánico, perteneciendo sin distinción a todos sus hablantes. Desde la Asociación para la Integración de Cantabria en Castilla y León lamentamos que se hayan dejado pasar tantos años sin que las instituciones políticas y culturales cántabras hayan desarrollado unos campos de actuación que pusieran en valor la trascendencia de Cantabria en la génesis de nuestro idioma y, a la par, en el orígen de Castilla; en todo caso, nos congratulamos de que la Universidad del Castellano, conocida como “Campus Comillas”, deje de ser un proyecto para convertirse pronto en un potente foco de irradiación de cultura y de tolerancia.

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