Archivo de la categoría: Historia

El franquismo económico en Castilla

Francisco Javier Sánchez

Tal vez no haya suficientes estudios e investigaciones publicadas referidas a la historia económica de Castilla desde la década de 1940 hasta finales de la década de 1970, cuando ya Castilla muestra signos evidentes de la despoblación de la mayoría de sus provincias, después de varias décadas de emigración masiva que fue la consecuencia principal de la política económica que llevaron a cabo los gobiernos de Francisco Franco de los que formaron parte muchos ministros catalanes y vizcaínos que controlaron las áreas de economía, industria y hacienda.

De tal manera que siete provincias castellanas ( Guadalajara, Soria, Segovia, Ávila, Burgos, Palencia y Zamora) tenían más población en el año 1900 que en el año 1981, dato que pone de manifiesto por sí solo el hundimiento económico de Castilla en un siglo que se caracteriza precisamente por los avances imparables en la demografía, en la economía y en la tecnología.

No obstante, en el libro de entrevistas titulado “Diez Castellanos y Castilla” y publicado en el año 1982 por la Editorial Riodelaire dirigida por Juan Pablo Mañueco, en el que aparecen entrevistados ocho castellanos ilustres del momento y no diez, porque hubo dos que no quisieron ser entrevistados sobre las cuestiones esenciales de Castilla, se hace referencia a las escasas inversiones industriales en Castilla y al papel de colonia interior asignado a Castilla, proveedora de mano de obra, suministradora de energía eléctrica por medio de pantanos y centrales nucleares y, también, de recursos hídricos a través del Trasvase Tajo-Segura.

Francisco Fernández Ordóñez, que fue presidente del Instituto Nacional de Industria, en el libro de entrevistas “Diez castellanos y Castilla” contestaba lo siguiente, que es una muestra evidente del papel económico que asignó el franquismo a Castilla.

“¿Juzga suficiente, quien fue presidente del INI, la participación de las inversiones de las empresas públicas en el nivel de desarrollo de Castilla?

-Bueno, en Castilla nada; en Castilla el INI apenas ha aportado nada; ha habido una desatención grande respecto a las inversiones públicas en Castilla.

Históricamente, las inversiones del INI no han sido resultado de verdaderos programas, desgraciadamente. El INI se programó en su primera época, pero ha tenido una segunda fase en que ha jugado el papel de mera respuesta a las grandes quiebras. Se ha seguido el proceso de recibir empresas en crisis, más que el de crearlas.

Pero, por otra parte, el que no haya inversión en Castilla es parte de un problema mucho más grave, es consecuencia de un problema de despoblación. El crear incluso una empresa en Castilla, pública o privada, plantea unos problemas adicionales por falta de infraestructura pública, de apoyos suficientes, pero, además, ahora ya, por falta de lo más básico: de población.

Este es un fenómenos complejo y gravísimo que podríamos denominar el crecimiento desequilibrado de España. Este es un país que está creciendo desequilibradamente. Junto a tierras enormemente desarrolladas, que cada vez van a más, hay tierras rezagadas que cada vez se desequilibran más y se rezagan. Esta realidad a veces se quiere enmascarar aduciendo que en el plano de la renta per cápita las cifras de las regiones pobres se están igualando a las ricas; pero en realidad hay unas regiones que no pierden renta, porque pierden población; y al perder población, se divide entre menos.”

En la conferencia “UNA DEFENSA DE CASTILLA”, pronunciada en el Ateneo barcelonés por el escritor leonés Jesús Torbado el 12 de mayo de 1982, y publicada en el libro de entrevistas “Diez castellanos y Castilla” editado en septiembre de 1982, también se refirió este intelectual a la política económica del franquismo respecto de Castilla.

“Cierto: Pujol y Arzallus han dicho una parte mínima de la verdad. Franco se mantuvo gracias a la Iglesia, al Ejército y a la oligarquía financiera. Pero el nacionalcatolicismo fue una invención de los monseñores Gomá y Plá y Deniel, apellidos que no son frecuentes en mi tierra. Y en cuanto a las oligarquías financieras malamente podrían surgir de una páramo calcinado y semivacío. Por otro lado, y para no hacerme pesado en este punto, el dictador compensó su robo de ciertas libertades con dádivas muy notables a parte de la periferia española y a la ciudad de Madrid, convertida por su culpa en un monstruo industrial innecesario. Los Altos Hornos no se instalaron en Castilla, ni ninguna gran industria. Las materias primas eran manufacturadas -eran y son- en la periferia para luego ser vendidas en el centro: ¿no es eso una cualidad de colonia?. ¿Me equivoco al decir que la meseta central es una colonia de las zonas industriales?. De los 230.000 puestos de trabajo creados por el INI ( es decir, por el dinero de todos) sólo cinco mil han correspondido a las once provincias castellano-leonesas, y casi todos ellos de naturaleza extractiva y energética. Y buena parte de esa inversión se dedicó a inundar los mejores valles de la región para dotar de energía eléctrica a Madrid, al País Vasco y a otras ciudades industriales periféricas.” ( Parte del texto de la conferencia).

También recientemente, Manuel Ángel Castañeda, ex-director de “El Diario Montañés” escribió lo siguiente en “El Diario Montañés” de 15 de enero de 2017 en su artículo “Cantabria, ante la España autonómica”: “Es preciso recordar que la riqueza de Cataluña y el País Vasco provienen, en buena medida, del trato excepcional que el régimen de Franco les otorgó en la ubicación de grandes fábricas y en el trabajo de cientos de miles de emigrantes llegados desde las regiones menos favorecidas”.

A veces es preciso recordar lo que nadie dice ahora, pero que es la constatación evidente de las consecuencias de la nefasta política económica llevada a cabo por el régimen del general Francisco Franco en España: los profundos desequilibrios regionales que fueron ya la base en la que se instaló el llamado Estado de las autonomías y sobre los que descansa.

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La Puerta del Sol de Madrid

José Manuel Castellanos Oñate

¿Tomó la famosa Puerta del Sol su nombre de un castillo construido en ese lugar por los madrileños, fieles en su mayoría al emperador don Carlos, para impedir que los comuneros entraran en la villa durante el alzamiento de 1520? Según parece, muchos todavía lo creen así. Y hoy día se sigue afirmando, por ejemplo, en referencia a ese momento histórico, que “las autoridades de la Villa, a fin de solucionar los problemas del bandolerismo generados por el descontento y malestar, además del hambre, ante la impotencia de solucionar el asunto deciden construir una especie de fuerte que los proteja. De este modo mandan cavar un foso y construir un castillo. La puerta principal de éste daba acceso a la ciudad. Así, pretendían frenar la ola de violencia e indignación de los comuneros cerrándoles el paso. En la puerta del fuerte pintan la figura de un sol”. Pero nada de esto ocurrió de la manera descrita: ni en su fondo, ni en sus detalles.

El primero que habló sobre el supuesto castillete con el sol pintado fue el maestro y preceptor del Estudio de Gramática de la villa Juan López de Hoyos, en 1572, en su Real aparato y suntuoso recibimiento a doña Ana de Austria (y al leer sus palabras no hay que olvidar que los cronistas de los siglos XVI y XVII que historiaron el pasado madrileño tuvieron buen cuidado de dulcificar, tergiversar o directamente ocultar todos aquellos episodios que pudieran haber supuesto deslealtad a la dinastía entonces reinante): «Tuuo este nombre por dos razones. La primera por estar ella a Oriente (…). La segunda porque en el tiempo que en España vuo aquellos alborotos que comúnmente llaman las Communidades, este pueblo, por tener guardado su término de los vandoleros y communeros, hizo vn fosso en contorno de toda esta parte del pueblo y fabricó vn castillo, en el qual pintaron un sol encima de la puerta, que era el común tránsito y entrada a Madrid. Y después de la pacificación y quietud destos reynos (…), este castillo y puerta se derribó para ensanchar y desenfadar vna tan principal salida como es ésta desta puerta; por el sol que allí estaua llamaron todos a este término la puerta del Sol».

Muy pocos años después, entre 1574 y 1578, se realizaron las Relaciones topográficas de los pueblos de España, elaboradas a partir de cuestionarios a los que dieron respuesta en cada concejo dos o más personas «de las que más noticia tuvieren de las cosas del pueblo y su tierra». En lo relativo a la villa de Madrid, las Relaciones volvieron a recoger sin variación alguna la tradición del castillete referida por López de Hoyos, cosa comprensible si se tiene en cuenta el prestigio del erudito madrileño y lo reciente de la publicación de su obra: «Por la parte del Oriente, que es la Puerta del Sol, llamada así porque en tiempo de las Comunidades se hizo allí un castillo con un sol encima, castillo que mandó derribar el Emperador, si bien la puerta conservó dicho nombre». A partir de ese momento, la fábula hizo fortuna y llegó intacta hasta nuestros días, aunque la realidad histórica fue sin duda bien distinta…

La llamada cerca (que no muralla) del arrabal, con fábrica de mampostería, escasa de altura y sin torres, se construyó muy probablemente en las décadas de 1430 ó 1440 para delimitar los arrabales de San Martín, San Ginés y Santa Cruz, a consecuencia, quizá, de la epidemia de peste que asoló la villa en 1438; su carácter nunca fue militar, sino meramente sanitario y administrativo. Fuera o no aquélla la fecha de su erección, sus portillos están ya documentados entre 1478 y 1502: puerta de San Millán/Toledo, puerta de Atocha, puerta del Sol, postigo de San Martín y puerta de Santo Domingo.

Con respecto a la etimología de la puerta que nos ocupa, la del Sol, ésta entrada a la villa aparece ya referida con tal denominación en el acta concejil de 18 de julio de 1478; tras ésta, en las de 14 de abril de 1488 y 2 de marzo de 1496. Ya se llamaba así, por lo tanto, mucho antes de la guerra de las Comunidades; su nombre lo habría tomado, sin duda, por abrirse a oriente, mirando hacia Alcalá de Henares y Guadalajara. Su carácter de simple portón se adecentó un poco en 1502, con motivo del recibimiento a los príncipes doña Juana y don Felipe en su camino hacia Toledo: el 24 de enero de dicho año se acordó «quel mayordomo haga la puerta del Sol tapiada e almenada, y la puerta grande que quepan dos carretas juntas». Los agasajados llegaron a la villa entre el 16 y el 28 de marzo, por la actual calle del Carmen -entonces ronda exterior de la cerca del arrabal-, entraron por esta puerta del Sol, y después de traspasar la de Guadalajara continuaron por la calle Mayor o por la de Santiago hasta llegar al alcázar; Juana y Felipe permanecieron en Madrid hasta después del 8 de abril y su partida discurrió por la puerta de Guadalajara, plaza del Arrabal (hoy, Mayor) y calle de Toledo. Los príncipes llegaron a esta última ciudad el 7 de mayo, reuniéndose allí con los Reyes Católicos, y días después fueron jurados en ella como herederos de la corona.

Dos décadas más tarde tuvo lugar el alzamiento comunero: aunque no hay constancia documental de ello, no puede descartarse que llegara a construirse algún tipo de fortificación en esa puerta del Sol en dos momentos concretos de la contienda. El primero de ellos, a mediados de agosto de 1520, cuando los comuneros madrileños todavía no se habían hecho con el control del alcázar y sospechaban que el alcaide Francisco de Vargas, que se encontraba en Alcalá de Henares, podría estar intentando reunir tropas para reducir a los sublevados madrileños. Y el segundo momento, unas semanas después, ya que el 6 de septiembre aparece la única referencia documental relativa a trabajos adicionales de fortificación realizados en esa puerta durante todo el conflicto: con el alcázar ya rendido a los comuneros y toda la villa bajo el mando del concejo revolucionario, éste acordó reforzar la escasa protección que la cerca del arrabal brindaba al flanco oriental de la villa, y entre otras medidas dispuso «que a la Puerta del Sol se hagan puertas e se tapien».

En cualquiera de los dos casos, esta mínima fortificación adicional (el legendario castillete de la tradición creada por López de Hoyos) habría sido obra de los comuneros madrileños para defenderse de los realistas y no al contrario.

La puerta del Sol se reformó nuevamente en 1538, reconstruyéndola con ladrillo y cal, con «un cimiento en todo lo ancho de la calle, de tres pies de grueso y de media vara de alto», y con seis almenas en lo alto. Fue definitivamente derribada en los últimos años del siglo XVI o primeros del siguiente; en el plano de Frederic de Wit, de 1635, ya no aparece.

(José Manuel Castellanos Oñate es autor entre otras obras del libro “Madrid Comunero. Crónica, documentos y análisis del alzamiento en la villa”, editado por la Asociación Cultural “La Gatera de la Villa”. La imagen que ilustra la entrada corresponde al Plano del cartógrafo portugués Pedro Teixeira del año 1656).

La consolidación de Castilla y León en la Edad Media

Francisco Javier Sánchez

Retomemos la historia de nuestra tierra con datos curiosos. Durante los siglos XI a XIII los reinos de León y Castilla se fortalecieron y fueron ocupando una posición hegemónica dentro de la Península Ibérica.

Alfonso VI de Castilla y León fue un rey fundamental en la expansión territorial y en la repoblación al sur del Duero, aprovechando la división del califato de Córdoba en múltiples taifas. En esa época se lleva a cabo la toma de Madrid y su alcázar ( año 1083), en cuya conquista fueron protagonistas unos soldados que escalaron la muralla por la noche y abrieron la ciudad al grueso del ejército. Su habilidad llamó la atención del rey, que estaba presente, al exclamar que parecían gatos. Esta anécdota, que no se sabe si es cierta o no, originó el sobrenombre de gatos con que se conoce a los nacidos en Madrid.

Pero Madrid era sólo la antesala para la toma de Toledo ( año 1085) mediante un pacto por el que se respetaban los derechos y propiedades de los musulmanes que decidieran continuar en la ciudad bajo el poder cristiano. Fue un hecho decisivo pues era la primera vez que una taifa musulmana con su capital intacta pasaba a dominio cristiano, con la carga ideológica que suponía detentar la antigua cabeza de la España visigoda. Tan limpia fue la entrega que se conserva íntegra una antigua mezquita construida en el año 999, la Ermita del Cristo de la Luz.

En tiempos de Alfonso VI destacó la figura del Cid Campeador, que fue capaz de tomar la ciudad de Valencia ( año 1094), ante la amenaza de los ejércitos almorávides que vinieron del norte de África en respuesta al duro golpe de la pérdida de Toledo. Pero tras la muerte del Cid, el mismo rey decide abandonar Valencia en 1099 ante la imposibilidad de defenderla.

A Alfonso VI, le sucede su hija Urraca, y seguidamente el hijo de ésta y de Raimundo de Borgoña, Alfonso VII, que inicia la nueva dinastía de la Casa de Borgoña.

Alfonso VII, ante la debilidad de Aragón tras la muerte de Alfonso I el Batallador, se proclama emperador de toda España e impone su influencia a los restantes reinos hispánicos. Pero no puede impedir que el condado de Portugal se convirtiera en reino separado. Consigue desplazar la frontera hasta Sierra Morena y mantener durante algún tiempo plazas andaluzas como Almería.

La crónica de la conquista de Almería ( año 1147), escrita en latín, describe a los castellanos con rendida admiración, que hoy puede resultar llamativa:

“Mirad como avanzan los mil escuadrones de Castilla, ciudadanos famosos, potentes a través de los siglos. Brillan sus campamentos como los astros del cielo; relucen como el oro. Llevan vajilla de plata y la pobreza no existe entre ellos. Son fuertes, seguros en el combate; ni uno solo torpe, ni débil, ni mendigo. En sus tiendas hay abundancia de carne y vino, y pan de trigo sin medida. Sus armas son tantas como las estrellas del cielo. Van en caballos protegidos por gualdrapas y armaduras de hierro. Su lengua resuena como trompeta con tambor. Siempre altivos, tienen la confianza en su poderío. Los hombres de Castilla fueron rebeldes durante siglos.”

También esta crónica recoge que el símbolo del león se hallaba bordado en las banderas de Alfonso VII de León y Castilla, emblema que identificaba a la totalidad de sus reinos al promediar el siglo XII. Símbolo del león que ya aparece por primera vez en un sello de cera de un documento de 1098 que se conserva en la catedral leonesa.

A la muerte de Alfonso VII ( año 1157), Castilla y León se separan durante un tiempo: Fernando II es rey de León y Sancho III es rey de Castilla. Pero éste muere prematuramente, convirtiéndose en rey de Castilla el niño Alfonso VIII nacido en Soria.

Por la tutoría del niño luchan las familias de los Lara y los Castro. Los Lara consiguen llevar a Alfonso VIII desde Soria a Atienza, una de las villas mejor fortificadas. Pero ante el asedio de los Castro apoyados por tropas del rey de León, los arrieros de Atienza consiguen sacar al rey niño disfrazado de arriero entre ellos y llevarlo hasta Segovia y Ávila en una huída que duró siete días. Desde entonces se celebra la llamada Caballada de Atienza, en recuerdo de esa gesta, al son de la dulzaina y el tamboril. A partir de 1170 Alfonso VIII consolida su política tanto en el norte, otorgando Fueros a las villas marineras de Castilla la Vieja (Castro, Laredo, Santander y San Vicente), como en el sur, conquistando Cuenca y su territorio.

Tras el desastre de Alarcos en 1195, Castilla lideró la campaña de las Navas de Tolosa en el año 1212, con una resonante victoria que dejó despejado el camino definitivo hacia Andalucía. Después de esta batalla, se considera que Alfonso VIII mandó poner en su pendón el castillo de oro sobre campo bermejo, aunque el castillo ya se plasmaba como símbolo heráldico en sellos reales y signos rodados desde 1178. Se piensa que el castillo de Uclés, en la actual provincia de Cuenca, inspiró la forma del símbolo heráldico de Castilla, como se aprecia en la miniatura del Tumbo Menor de Castilla, donde aparecen representados Alfonso VIII y su mujer Leonor en la entrega de dicho castillo a la Orden de Santiago.

A Fernando II de León le sucedió Alfonso IX, que convocó por primera vez a los representantes de las ciudades, junto a nobleza y clero, en el año 1188 en la ciudad de León. De esta manera surgieron las primeras Cortes de tipo parlamentario de Europa, que reconocieron algunos derechos como la inviolabilidad del domicilio y del correo, y la necesidad del rey de convocar Cortes para hacer la guerra o declarar la paz.

Resumiendo, creo que una vez más hay que estar orgullosos de la historia de nuestra tierra. Por último, recordar que los reinos de Castilla y León se unen definitivamente en el lejano año 1230 con Fernando III el Santo, no separándose nunca más.

Castilla, de condado a reino

Francisco Javier Sánchez

En una anterior entrada expuse cómo fue el nacimiento de Castilla. Como continuación a esa entrada sobre la historia de la primitiva Castilla, invito a leer de una forma muy resumida cómo se transformó Castilla, desde un condado unificado por Fernán González, hasta un poderoso territorio fruto de la vitalidad de sus gentes que alcanzó la categoría de reino en el siglo XI.

La rápida ampliación del reducido territorio castellano de los inicios del siglo IX produjo su fragmentación en varios condados, que se caracterizaban por tener una dependencia más teórica que real de los reyes de Asturias, dado que se situaban en la frontera oriental abierta a los ataques de los musulmanes. En la población predominaban los campesinos libres, habituados al manejo de las armas, y no existían grandes linajes.

En el año 932 Fernán González se titula conde de toda Castilla y de Álava, reuniendo bajo su control un considerable territorio que comprendía desde la costa cantábrica de las actuales Cantabria y Vizcaya hasta las comarcas de Roa, Sepúlveda y Gormaz, dotando al gran condado de mayor peso geopolítico y de más fortaleza.

Algunos estudiosos afirman que Fernán González pasó su infancia al cuidado de un ayo en el interior de Cantabria, cerca de Ampuero, para así evitar peligros, donde era preparado para recibir responsabilidades de gobierno al ser probablemente hijo de Gonzalo Fernández, que fue conde de Burgos y Lara.

La independencia del Condado de Castilla se hace definitiva cuando su hijo García Fernández (años 970-995) hereda todos los condados castellanos unificados por Fernán González en un único linaje, incorporando además el condado de Monzón, y fortaleciendo el Torreón de Covarrubias que figura en la imagen. El conde Sancho García (995-1017), aprovechando la debilidad del califato, se dedica a repoblar el valle del Duero, incrementando su autoridad. El último conde castellano de la estirpe de Fernán González, García Sánchez (1017-1029), lo fue siendo menor de edad bajo la tutela del rey Sancho III de Navarra, su cuñado, y acabó asesinado en León. A partir de entonces el Condado de Castilla estuvo bajo el dominio de dicho rey de Navarra, y su hijo Fernando heredó Castilla en 1035, siendo también rey de León a partir de 1037. Esta fue la primera unión de León y Castilla. Con Fernando desaparece el título de conde de Castilla, y a su muerte en el año 1065 su hijo Sancho hereda con el título de rey, Castilla, convirtiéndose en reino.

Por último, destacar que durante los siglos IX a XI existió un obispado en Valpuesta, sobre el que recayeron labores esenciales en la organización de la primitiva Castilla. De allí proceden los documentos que recogen las palabras más antiguas del primigenio romance castellano, los llamados Cartularios de Valpuesta, anteriores a las Glosas Emilianenses de San Millán de la Cogolla.

Madrid Comunero

Francisco Javier Sánchez

Hoy en día hablar de Madrid supone tratar de una gran urbe, la capital de España. Madrid se convirtió en sede más o menos fija de la Corte en tiempos de Felipe II; anteriormente, la Corona de Castilla nunca tuvo una capital permanente, pues los reyes castellanos eran itinerantes, y tan pronto se encontraban en Segovia, como en Toledo o en Sevilla. Algunos reyes de Castilla tenían sus preferencias, como Alfonso X con Toledo, Pedro I con Sevilla, o Juan II y Enrique IV con Segovia. Pero a partir de Felipe III, tras instalarse durante cinco años la Corte en Valladolid desde 1601 a 1606, la Corte de la Monarquía Hispánica queda instalada definitivamente en Madrid.

Madrid en el año 1562

MADRID 1562 ANTON VAN DER WYNGAERDE

Pero antes Madrid era una villa modesta que, no obstante, contaba con Procuradores en las Cortes de Castilla; esto era un privilegio pues no todas las villas y ciudades de Castilla podían enviar representantes a las Cortes castellanas. Durante el reinado de Isabel de Castilla, a finales del siglo XV sólo diecinueve ciudades, con sus respectivas áreas de influencia que abarcaban todo el territorio castellano, mandaban Procuradores a las Cortes: Burgos, Soria, Segovia, Ávila, León, Zamora, Toro, Salamanca, Palencia, Valladolid, Toledo, Madrid, Guadalajara, Cuenca, Sevilla, Córdoba, Jaén, Granada y Murcia.

Parece que no, pero en este contexto – el del Madrid ciudadano- hay que enmarcar la importantísima participación de la Villa de Madrid y de su Tierra en la Revolución de las Comunidades de Castilla. Toledo fue la cuna y epígono del movimiento comunero, en la Castilla que alumbró el primer texto legislativo de caracteres constitucionales, la Ley Perpetua redactada en Ávila durante el verano del año 1520 y que no quiso acatar el rey Carlos. Pero la Villa de Madrid siempre estuvo al lado de Toledo, por excelencia Ciudad Comunera, también para el turismo, dentro de las relaciones de fuerte solidaridad entre las ciudades castellanas. Madrid se organizó como Comunidad revolucionaria, destituyó a los regidores sumisos a Carlos de Gante, impuso una Hacienda para sufragar los cuantiosos gastos derivados, y puso en pie unas milicias que engrosaran las filas del Ejército Comunero. Prácticamente todos los vecinos de Madrid estaban implicados en el levantamiento de la villa. Sobre todo esto se ocupa un libro de reciente publicación.

En septiembre de 2015 la Asociación Cultural La Gatera de la Villa ha editado un libro escrito por el investigador D. José Manuel Castellanos Oñate, titulado “Madrid Comunero. Crónica, documentos y análisis del alzamiento en la villa”. La solapa del libro referencia que “es una crónica documentada de la participación madrileña en el movimiento comunero, episodio que los cronistas clásicos, y otros modernos tras ellos, han preferido silenciar o minimizar, desvirtuándolo con tópicos carentes de rigor que hoy día siguen teniéndose por ciertos”. Precisamente este libro trata de llenar, como dice su introducción, “no pocas lagunas necesitadas de nuevos y pacientes estudios; una de ellas es la participación de la villa en el movimiento general de las Comunidades de Castilla, por más que escribir sobre tal asunto pueda parecer ocioso”.

En el libro “Madrid Comunero” se ha desarrollado un excelente trabajo, en una labor prolija y exhaustiva, pues incluso transcribe al final, en su totalidad o en parte, doscientos sesenta y siete documentos relativos al alzamiento comunero en Madrid, y referencia en un índice más de ochenta personajes conocidos relacionados con el Madrid comunero y una breve sinopsis de ellos. Es una documentación de sumo valor y muy curioso el poder leerla, además de ser el innegable soporte a la meticulosa investigación realizada por su autor.

Además de al mítico jefe de las milicias madrileñas, Juan Zapata, quisiera recordar a los dos Procuradores de Madrid que defendieron los intereses de sus ciudadanos en las Cortes de Castilla de 1518 ante Carlos, autoproclamado rey en Bruselas en 1516: Antonio de Luzón, que fue regidor comunero de la villa, y a Luis Núñez. Y sobretodo, a Pedro de Sotomayor, que fue procurador madrileño en las Juntas de Ávila y de Tordesillas, siendo apresado en esta última villa en diciembre de 1520 y sentenciado a muerte en agosto de 1522, muriendo decapitado en la plaza de Medina del Campo el 13 de octubre de 1522. Y quince días después aparece como exceptuado en el llamado Perdón General. La represalia contra su familia continuó hasta 1550 en que se dicta sentencia definitiva contra las hijas de Sotomayor que pleitearon para recuperar los bienes de su padre confiscados.

Medina del Campo en el año 1565

MEDINA DEL CAMPO 1565

Por tanto, estamos ante una obra de imprescindible lectura para conocer cómo fueron las gentes de Madrid en los años del movimiento comunero y para afirmar lo obvio: que Madrid siempre será Castilla, pese a los artificios autonómicos, sin perjuicio de su actual mestizaje de culturas que se pone como justificación del artificio, cuando en Barcelona, por ejemplo, se produce con mayor intensidad ese mestizaje y nadie duda de que es la ciudad más importante de la comunidad en que se asienta.

Por último, recordar la fecha del 26 de junio de 1520, día en que se constituye el Concejo comunero de Madrid, y la del 15 de mayo de 1521 en que capitula la villa ante el poder real. Durante esos años, como decía la crónica de Sandoval, los castellanos “esperaban que sería esta república una de las más dichosas y bien gobernadas del mundo. Concibieron las gentes unas esperanzas gloriosas de que habían de gozar los siglos floridos de más estima que el oro”.

El nacimiento de Castilla

Francisco Javier Sánchez

Resulta un poco complicado resumir cómo nació Castilla, una entidad totalmente novedosa en la Historia pero que surgió con fuerza. Tras la invasión musulmana de la España visigoda a principios del siglo VIII, la mayoría de los godos que vivían en las dos mesetas, campesinos y ganaderos, junto con la clase dirigente de Toledo, se refugiaron al norte de la Cordillera Cantábrica; los primeros -la masa popular- preferentemente en la antigua Cantabria y los segundos -la corte toledana y los restos de su ejército- en tierras de Oviedo. De esa mezcla con la población nativa y con los hispano-romanos surgió el reino de Asturias, que llegó a abarcar prácticamente todo el norte peninsular, desde Galicia hasta Álava. Desde un principio el reino de Asturias, al igual que los demás reinos y condados cristianos que fueron apareciendo en los Pirineos, se sentía heredero de la tradición visigótica, aunque sobretodo fue la corte asturiana la que basaba su legitimidad en Toledo, la capital de la España visigoda.

Dentro del llamado reino de Asturias destacó pronto la vitalidad humana de la antigua Cantabria, que empezó a llamarse la tierra de los castillos desde el mismo siglo VIII, por las numerosas atalayas y fortalezas que tuvieron que levantar para defenderse de las acometidas musulmanas que llegaban a través del valle del Ebro. Menéndez Pidal afirma que “entonces empieza a sonar en la historia el nombre de Castilla, los castillos, aplicado a esta pequeña y combatida frontera oriental del reino asturiano”. El Poema de Fernán González, escrito en el siglo XIII por un poeta anónimo pero muy orgulloso de la génesis de Castilla, hace referencia a esta Castilla limitada a un reducto montañoso:

“Era Castiella Vieja un puerto bien cerrado,

non había mas entrada de un solo forado;

tovieron castellanos el puerto bien guardado,

por que de toda España ese hobo fincado”

Los árabes ya la llamaban Al-Quilé ( los castillos) en crónica del año 792 al tratar la expedición de Hissem I. En documentos cristianos aparece “Castilla” en el año 800 con ocasión de la fundación del monasterio de San Emeterio y San Celedonio en Taranco de Mena (en las Merindades de Burgos), donde se levanta un sencillo monumento al nombre de Castilla en mitad de un precioso paisaje de ensueño. El autor del Poema de Fernán González viene a recordar expresamente a La Montaña, hoy provincia de Cantabria, en unas estrofas que son todo un canto a los orígenes de Castilla:

“Sobre todas las tierras mejor es la Montanna,

de vacas e ovejas non ha tierra tamanna,

tantos ha y de puercos que es fiera fazanna,

sirvense muchas tierras de las cosas de Espanna”

Enseguida los primitivos castellanos, es decir, los montañeses, se desplazaron al sur de la Cordillera Cantábrica, fundando Brañosera, cuya imagen boscosa encabeza este texto, siendo su carta de población otorgada por el conde Múnio Núñez en el año 824 el fuero más antiguo de España. En el año 860 reconquistaron al mando del conde Rodrigo la mítica Peña de Amaya, que era uno de los principales asentamientos de los antiguos cántabros, volviendo pues a retomar este bastión que fuera de sus abuelos. Desde la alta meseta de Amaya se seguía avanzando hacia el sur y en el año 884 repoblaron Burgos con el conde Diego Rodríguez Porcelos, que será conocida más tarde como cabeza de Castilla.

Peña de Amaya

AMAYA PUEBLO Y PEÑA

Ya en aquellos tiempos Castilla comprendía un territorio un poco más amplio que el reducto montañoso, pero no dejaba de ser un pequeño rincón en estrofas del poeta que cantó a Fernán González, el primer conde que unificó los condados de Castilla en un gran condado más adelante, en el año 932:

“Era Castiella entonces un pequeño rincón,

era de castellanos montes de Oca mojón,

y de otra parte Fitero el hondón;

Carazo era de moros en aquella sazón.”

Conviene destacar que Castilla estaba dividida hasta entonces en varios condados, Castilla Vieja, Cerezo-Lantarón, Lara, Burgos, Campoo y Álava, siendo sus condes dependientes del reino de Asturias, más tarde llamado de León cuando el rey Ordoño II ( años 914-924) fija la capital del reino en León. Los diversos condados que surgieron en la primera Castilla vienen reflejados muy bien en la obra “Historia de Castilla, de Atapuerca a Fuensaldaña”, dirigida por Juan José García González y editada por “La esfera de los libros”.

A Castilla la hicieron España y España deshizo a Castilla y la sigue deshaciendo

Francisco Javier Sánchez

Castilla tuvo un gran historiador y político que se llamaba Claudio Sánchez-Albornoz. Fue doctor y catedrático en Historia, diputado por Ávila, rector de Universidad, ministro, embajador, presidente del Gobierno republicano en el exilio…, pero ante todo fue un castellano comprometido con su tierra aunque estuviera viviendo muy lejos de ella. Escribió lo siguiente en su magna obra “España, un enigma histórico”: “ Castilla no se ha impuesto a España, se ha sacrificado por ella. En las Constituyentes de 1931, enfrenté la injusta frase orteguiana: “Castilla hizo a España y la deshizo” y acuñé esta otra, absolutamente exacta: “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla ( y la sigue deshaciendo, también dijo)”. Y tuve el placer de que Ortega y Unamuno aceptaran tal definición”.

Me voy a permitir mejorar la primera parte de la famosa frase de Claudio Sánchez-Albornoz, sin menoscabo alguno de la gran autoridad que emana de sus profundísimos estudios, y que ya he adelantado con el propio título de esta entrada. En largo sería: “A Castilla la hizo España una guerra ganada por Fernando de Aragón y España deshizo a Castilla y la sigue deshaciendo”.

Esta mejora que me atrevo a realizar tiene su base en lo que nos cuenta la misma Historia en general y el propio Sánchez-Albornoz en su citada obra al afirmar que Castilla no se impuso a España sino que se sacrificó por ella, es decir, que a Castilla la hicieron España pues nadie se sacrifica por propia voluntad. El ideario castellano de Don Claudio Sánchez-Albornoz se expuso en esta entrada.

Muerto en extrañas circunstancias ( ¿envenenado?) el rey Enrique IV de Castilla en el año 1474, se desató la llamada Guerra de Sucesión Castellana entre los partidarios de Juana de Trastámara y de Isabel de Trastámara, respectivamente hija y hermanastra del difunto rey, con el apoyo en el primer caso de Portugal y en el segundo de Aragón. Es decir que España podía haber resultado de la unión de Castilla y Portugal, posibilidad finalmente derrotada por la intervención militar de Fernando de Aragón, que vino previamente a Castilla a escondidas para casarse en el año 1469 con una fugitiva Isabel en contra de la opinión en vida de Enrique IV, rey que alentaba la unión luso-castellana.

Cabe recordar que España siempre había comprendido cultural y geográficamente toda la Península Ibérica, y que tanto Portugal como Castilla nacieron como condados al abrigo del reino de León.

En la unión dinástica de Aragón y Castilla estaba vitalmente interesada la primera corona, a punto de sucumbir ante una potente Francia que había sido hasta entonces la tradicional aliada de Castilla durante la Baja Edad Media. Castilla de repente tuvo que adoptar en política internacional los intereses de Aragón: conflictos bélicos con Francia durante dos siglos; mantenimiento y defensa con hombres, dinero y medios materiales de las posesiones de Aragón en el Mediterráneo; y la peculiar política matrimonial llevada a cabo para con sus hijos por los Reyes Católicos, obsesionados en rodear a Francia. Matrimonios y fallecimientos varios que abocaron a la extinción de la Casa Real de Castilla y al advenimiento de la nefasta Casa de Austria, durante un tiempo breve con Felipe el Hermoso ( rey de Castilla y no de Aragón, donde continuaba Fernando) y definitivamente instalada con Carlos de Gante, rey de Castilla usurpando el trono a su madre Juana, y rey de Aragón por la muerte de Fernando el Católico sin haber dejado descendencia tras el matrimonio con Germana de Foix ( si hubiera sobrevivido un heredero aragonés, niño que falleció a los pocos días, las coronas de Aragón y Castilla se hubieran separado). Se empezaba a deshacer Castilla, y no se respetaba ni el testamento de Isabel la Católica, al menos en política internacional.

Reproduzco, llegando a este momento histórico, este párrafo de la obra de Sánchez-Albornoz “España, un enigma histórico”: “…Malogróse ésta ( la inmejorable coyuntura económica y demográfica de Castilla en los albores del siglo XVI) por una serie de azares históricos. El que más desdichadamente incidió en el curso de la historia de España fue la casual herencia de Carlos de Austria de los reinos españoles y la incorporación de los mismos al gran conjunto de estados que hubo de regir el nieto de los Reyes Católicos. Esta calamidad nacional, históricamente imprevisible y que el juego de fuerzas de la vida española hacía insospechable, agostó en flor el despliegue del potencial económico hispano, avanzado ya en el siglo XV, y la creciente reactivación industrial, comercial y bancaria de Castilla.”

De calamidad nacional califica el historiador Claudio Sánchez-Albornoz la entronización de la Casa de los Habsburgo en Castilla, y no es para menos tras los dos siglos en los que esa dinastía tuvo a Castilla como el soporte que con su Hacienda y sus Ejércitos sustentaba los gastos desorbitados y los intereses patrimoniales y familiares de los Austrias por toda Europa. Tras la derrota de los comuneros y destrozado su proyecto constitucional encarnado en la Ley Perpetua redactada por la Junta reunida en Ávila durante el verano del año 1520 ( Véase la entrada “La Ley Perpetua del Reino de Castilla” ), Castilla se vió obligada a financiar el título de Emperador a Carlos, con lo que le proporcionó dos Imperios, el americano y el alemán; si en el siglo XVI las clases productivas de Castilla pagaban cinco veces y media más que las de Aragón, en el siglo XVII pagaba ya 8,38 veces más, conforme a los estudios de Carande en “Carlos V y sus banqueros” y de Antonio Domínguez Ortíz en “Política y Hacienda de Felipe IV”. Francisco de Quevedo lo expresaba en esos versos que dicen: “En Navarra y Aragón, no hay quien tribute ya un real, Cataluña y Portugal son de la misma opinión. Sólo Castilla y León, y el noble reino andaluz, llevan a cuestas la cruz” Castilla languideció hasta extremos desconocidos en lo económico y sus antes prósperas y populosas villas y ciudades se vinieron abajo; Castilla se deshacía a marchas forzadas.

Dedicatoria de una viuda a su marido muerto en las guerras de Flandes, en la base de una cruz delante de una ermita de un pueblo de Castilla

SOLDADO DE FLANDES

Finalizada la Guerra de Sucesión Española entre Austrias y Borbones, Castilla tuvo que ceder Gibraltar a Inglaterra. La presión fiscal en Castilla durante el reinado de Felipe V redujo la diferencia con Aragón, de modo que mientras un castellano pagaba 29 reales y medio al Tesoro, un aragonés pagaba 11 reales y medio. ¡De qué manera podía levantar la cabeza Castilla!. Castilla arrastra un grave empobrecimiento de la época de los Austrias y no está en condiciones de subirse al tren de la prosperidad económica iniciado en el siglo XVIII. Castilla sigue deshaciéndose.

A pesar de que la historia más reciente es conocida por todos, todavía se sorprenden algunos de que las provincias de Burgos, Palencia, Segovia, Ávila, Soria, Guadalajara y Zamora tuvieran más población en el año 1900 que en el año 1981, teniendo en cuenta que España en el año 1900 contaba con sólo 18 millones de habitantes, superando en aquel año en población Salamanca a Vizcaya, o Guadalajara a Guipúzcoa. Castilla se sigue deshaciendo en lo económico y en lo demográfico y, por tanto, en lo cultural.

Y tras la despoblación en términos absolutos de la mayoría de las provincias de Castilla acontecida durante el franquismo, fruto de su marginación económica, a Castilla se le impuso la marginación política con su disolución en varias comunidades autónomas ( Sobre los procesos autonómicos en Castilla, véase esta entrada). Castilla sigue deshaciéndose por ahora, también en lo político, no se sabe hasta cuándo, en aras de lo que se ha dado en llamar interés general de España. Sobre el interés general de España, escribió certeramente en su blog Pedro de Hoyos.

Por lo tanto, hay que concluir: “A Castilla la hicieron España, y España deshizo a Castilla y la sigue deshaciendo”. Para acabar con el proceso destructivo que resume la segunda parte de la anterior frase, que ya pronunció el Maestro Don Claudio Sánchez -Albornoz en las Cortes en el año 1931, sólo cabe que Castilla sea reconocida como una unidad en lo institucional y en lo político para dar el verdadero sentido a una España unida y diversa, sin olvidar el reforzamiento de los lazos con Portugal. No es mucho trabajo para la reforma de la Constitución que se avecina cada vez más cerca.

Celebrar el Día de Castilla todos los días y en cualquier lugar, además del 23 de abril

Francisco Javier Sánchez

Queda muy poco para el día 23 de abril, erigido por los políticos de la difuminada Castilla en la fiesta oficial de sólo una comunidad autónoma, la de las nueve provincias, cuando todo el mundo sabe que Castilla se extiende mucho más allá de las dos submesetas que une la Cordillera Central.

De hecho, la revolución de las Comunidades de Castilla se inició y concluyó en la castellanísima ciudad de Toledo (1519-1522), compendio de todas las culturas y Ciudad Comunera por excelencia. Aunque ahora a Toledo se la conozca turísticamente como la ciudad imperial, después de que la inquina de Carlos V demoliera la casa de Juan de Padilla y de María Pacheco y mandara colocar su escudo con el águila bicéfala extranjera por todas las partes de la ciudad.

El día 23 de abril de 1521 tuvo lugar la Batalla de Villalar. Allí se decidió en buena parte el destino de la primera revolución moderna que se desarrolló en Europa, donde clarísimamente era el reino el que mandaba al rey a que acatara lo ordenado y dispuesto por las Comunidades. Y el reino, sin nadie más -sin el rey-, estaba encarnado por las Cortes y la Junta General del Reino que redactaron en Ávila la llamada Ley Perpetua, que “responde a lo que esencial y etimológicamente significa una Constitución, palabra cuya raíz se halla en el verbo latino constituere, “establecer definitivamente”, en cuanto norma fundamental del Estado que determina completamente el ordenamiento jurídico-político, elaborada y aprobada por una asamblea con poderes extraordinarios con expreso deseo de permanecer indefinidamente, definitivamente en el tiempo.” ( Ramón Peralta en su obra “La Ley Perpetua de la Junta de Ávila (1520). Fundamentos de la democracia castellana” ).

Como dice Ramón Peralta, doctor en Derecho Constitucional y Filosofía Política y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Complutense de Madrid: “La primera revolución constitucional europea sólo podía suceder en el pueblo políticamente más avanzado del continente caracterizado por un peculiar ánimo democrático: el pueblo castellano pretendía establecer formalmente la primera monarquía constitucional, esto es, delimitada objetivamente por una Ley Fundamental obra de unas Cortes Extraordinarias que recogieran su Constitución interna.”

Esto es por lo que luchaban los comuneros: por establecer la primera monarquía constitucional y democrática, delimitada objetivamente por la llamada Ley Perpetua, que regulaba la soberanía, el gobierno y la administración pública, el parlamento sin el rey, la independencia de la justicia, la libertad de los ciudadanos, el derecho de nacionalidad, la protección de los indios, el fomento de la economía, la hacienda pública, la moneda…, y que resulta ser el primer precedente constitucional hispánico, europeo y mundial.

Aunque a estas alturas todavía se siguen desconociendo las aspiraciones de los comuneros, y el 23 de abril sólo acertemos a recordar los nombres de los tres principales Capitanes, Padilla, Bravo y Maldonado, que fueron decapitados al día siguiente de la batalla…, pero sin saber por lo que dieron sus vidas.

Por ello propongo que no sólo el 23 de abril sea el Día de Castilla, y no sólo oficialmente en una de las comunidades autónomas en las que está desmembrada Castilla. Propongo que celebremos todos los días Castilla en todas partes, que estemos orgullosos de ser castellanos, que tengamos presente que Castilla es incompatible con el absolutismo, el despotismo y la intolerancia porque precisamente Castilla puso los fundamentos de la democracia más avanzada en su tiempo.

Sería muy interesante una lectura pública de la Ley Perpetua de Castilla en las ciudades de Ávila y de Tordesillas, lugares donde sucesivamente fue redactada y proclamada, pero también en todas las partes de Castilla pues iba a ser la ley fundamental de todo el reino. De esta manera nos enteraríamos todos de las grandes ideas democráticas y de lucha contra la corrupción que todavía no han sido capaces de descubrir los políticos de hoy en día.

Volviendo a los tiempos actuales, ni una sola institución autonómica de las regiones en que se encuentra disuelta Castilla, convertidas sus regiones -eso sí- en los grandes pesebres de los que vive la “casta política” y de los que quieren vivir los que dicen que no son casta, ha sido capaz de revitalizar una mínima cooperación regional. Por no recordar que no se les pasa por la cabeza la necesaria unidad de Castilla, necesaria al menos para sus ciudadanos. Los que antes eran alcaldes se presentan ahora en las elecciones a presidente de comunidad autónoma, o viceversa, que da igual. Los políticos de Castilla, si es que los hubiera pensando algo en Castilla, se han olvidado de aquel órgano de colaboración permanente que crearon hace años, el Consejo de las Comunidades Castellanas, impulsado por los entonces presidentes regionales Juan José Lucas, Alberto Ruíz-Gallardón y José Bono. ¿Por cuántos más pesebres han ido pasando estos señores hasta ahora?. ¿Se han acordado en algún momento de los ciudadanos castellanos a los que se supone servían, de servir, de servicio público?.

La Ley Perpetua de Castilla

Francisco Javier Sánchez

Resulta bastante desconocido el hecho de que el primer esbozo de Constitución moderna o primer precedente constitucional de Europa tuvo lugar en Castilla, sí, en Castilla, por sorprendente que pueda parecer. Aunque este desconocimiento va ligado al poco interés que suscita saber qué es lo que pretendían los comuneros de Castilla, dado que en ocasiones se les asocia de manera torticera a la defensa de privilegios medievales, cuando en realidad  aspiraban a establecer un nuevo orden político en el que el Reino mandara al Rey, así lisa y llanamente, y no el Rey al Reino, como había ocurrido hasta entonces.

Para poner en contexto el tema de la Ley Perpetua hay que hacerse primero a la idea de que Castilla en los albores del siglo XVI constituía la sociedad más próspera del mundo conocido, con populosas ciudades y un desarrollado comercio. La crisis política que se arrastraba en Castilla desde la muerte de la reina Isabel en el año 1504, la llegada del efímero Felipe el Hermoso, las regencias del cardenal Cisneros y de Fernando de Aragón…, estalló en un profundo malestar de los castellanos ante la autoproclamación como rey de Castilla de Carlos de Gante desde su corte de Bruselas ya en el año 1516. La postergación de los intereses económicos y políticos  de Castilla, el saqueo de su Hacienda y la avaricia irrefrenable de los flamencos para con todo lo que oliera a dinero y cargos políticos y eclesiásticos, estando ya Carlos en Castilla,  junto con la madurez política de la sociedad castellana de la época que brillaba pletórica en las urbes de Toledo, de Salamanca o de Valladolid, alumbraron en buena parte la que se considera la primera revolución moderna, la que encabezaron las ciudades castellanas con procuradores en las Cortes, la llamada Revolución de las Comunidades de Castilla, sobre la que el historiador Joseph Pérez, Premio Príncipe de Asturias 2014, escribió el libro de cabecera “Los Comuneros”.

Monolito de Villalar, a la memoria de Dª María Pacheco, Padilla, Bravo y Maldonado.

MONOLITO VILLALAR INSCRIPCION

Para conocer mejor lo que supuso la Ley Perpetua del Reino de Castilla, hay un interesante estudio realizado por Ramón Peralta publicado en su libro “La Ley Perpetua de la Junta de Ávila (1520). Fundamentos de la democracia castellana”, de Actas Editorial, cuya lectura recomiendo. Ramón Peralta, doctor en Derecho Constitucional y Filosofía Política y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Complutense de Madrid, afirma en su obra: “La primera revolución constitucional europea sólo podía suceder en el pueblo políticamente más avanzado del continente caracterizado por un peculiar ánimo democrático: el pueblo castellano pretendía establecer formalmente la primera monarquía constitucional, esto es, delimitada objetivamente por una Ley Fundamental obra de unas Cortes Extraordinarias que recogieran su Constitución interna.”

Reproduzco a continuación la contraportada del libro, que sintetiza muy bien el significado político del precedente constitucional castellano: “La Ley Perpetua redactada por la Junta de Procuradores de las Comunidades castellanas reunida en Ávila en el verano de 1520 resulta ser el precedente constitucional hispánico, frustrada en su aplicación por la oposición del rey Carlos de Habsburgo y su corte. Y es que el movimiento político comunero desarrollado entre 1519 y 1521 puede considerarse como la primera revolución constitucional europea si analizamos con detalle el proceso y el documento en que se concreta como Ley Perpetua del Reino de Castilla. La Ley Perpetua de 1520 expresa los elementos propios de la Constitución Política castellana formalizados ahora en un texto aprobado por los representantes de las principales ciudades de la Castilla nuclear. La Ley Perpetua, redactada y aprobada por una Junta extraordinaria –no convocada por el rey– de procuradores a modo de Cortes Constituyentes, es impuesta al rey y no puede ser modificada por el mismo ni por Cortes ordinarias. Se establece la total independencia de las Cortes como asamblea representativa de estamentos y ciudades respecto del rey que aparece como el Protector ejecutivo del reino; se fijan las funciones y modos de elección de los diputados como portavoces de los Concejos; se declara la independencia y profesionalidad de los jueces; se reestructura la administración estableciéndose criterios de selección y controles objetivos; se establecen específicas garantías judiciales en favor de la libertad y derechos de los ciudadanos y se reordenan los derechos de nacionalidad; se establece una Hacienda Pública y un orden económico en beneficio del desarrollo material del reino, de su producción y su comercio; se prohíbe la injerencia de los extranjeros, excluyéndose a éstos del ejercicio de cualquier cargo público; se garantiza, en fin, una amplia autonomía local-territorial en favor de Concejos y Comunidades cuyas autoridades eligen los vecinos, excluyéndose toda injerencia regia. El pueblo castellano pretendía establecer formalmente la primera monarquía constitucional, sin embargo, el rey y una corte de extranjeros apoyados por determinados sectores directamente beneficiarios del nuevo orden cesarista combatieron aquella pretensión logrando, con el tiempo, desvirtuar la estructura jurídico-política castellana, que tuvo que adaptarse a un molde foráneo de índole monárquico-absolutista. El Imperio de los Habsburgo, terminaría por debilitar en extremo a aquella próspera, dinámica y libre Castilla que se asomaba pletórica al mundo al principiar el siglo XVI.”