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El niño García Pérez Etcétera, de Jesús Torbado

Juan Pablo Mañueco

Jesús Torbado, un leonés nacido en 1943, a quien tuve el placer de conocer con ocasión de la entrevista que le hice para el libro “Diez castellanos y Castilla”, y que el 3 de diciembre de 1980 publicó en el diario “El País” este artículo que resume mejor que nada lo que pasó con el ninguneo de Castilla y su cultura en la época de la Transición española.

El artículo no debería ignorarse si ahora se van a corregir algunas cosas que se hicieron mal en aquellos años de la Transición: la desigualdad entre los territorios de España y el olvido, partición y aventamiento de Castilla, por ejemplo.

El artículo, más bien, debería ser de gustosa lectura en todas las escuelas de Castilla y de obligado conocimiento por todo aquel candidato o candidata que quisiera dedicarse a la política en cualquier provincia de Castilla.

EL NIÑO GARCÍA PÉREZ ETCÉTERA,
de Jesús Torbado

Nota aclaratoria.- Poco antes de la publicación de este artículo la oposición de izquierdas y progresista en Euskadi había cuestionado una campaña del gobierno peneuvista entre los escolares en la cual se aplicaban criterios antropométricos para determinar las características faciales y corporales de los escolares, así como se analizaba la genealogía de los alumnos, valorando el número de apellidos vascos.

EL AIRADO VIENTO DE LOS PÁRAMOS mesetarios le enrojecía las orejas y fijaba bajo su naricilla dos sucios velones que le alumbraban al santo de los fríos y de la desolación. Un agujereado tapabocas granate se anudaba alrededor de su cuello, por encima de la pelliza de plástico ajado que la había mandado un primo suyo establecido en la capital. El niño García Pérez Etcétera vigilaba el confuso rebaño que su padre le había dado en mando: dos docenas de ovejas, siete cabras, una vaca, dos mulos y un asno. Una pareja de lebreles le hacía compañía aquella mañana helada de la estepa. El niño García Pérez Etcétera no tenía nada mejor que hacer.

Del pueblo se habían ido el cura, el médico y el maestro. El maestro había sido el último. Los señores de Madrid habían dicho que no quedaba dinero para costear su salario en la escuela rural y lo habían mandado a poner escuela veinte kilómetros más lejos. Los señores de Madrid habían entregado 2.000 millones de pesetas para las ikastolas del Norte y otros muchos para las escolas del Este, así que no disponían ya de las 800.000 pesetas anuales que el maestro cobraba.

Pero el camino hasta la nueva escuela era arenoso y áspero y se tardaba mucho en llegar. Los señores de Madrid habían unido con autopistas todas las capitales de provincia del Norte y del Este y no tenían ya dinero para echar grava sobre aquel polvoriento-lodoso camino.

Como la camioneta tardaba tanto en llevar a los trece niños del pueblo hasta la nueva escuela, el padre del niño García Pérez prefirió que cuidase el ganado en lugar de tener todo el día al chiquillo por esos malos caminos de Dios. Ahora, la vieja escuela iba tomando forma de todos los pajares semiderruídos del pueblo: llenos de gatos en celo, palomas en los desvanes, lagartijas aletargadas y arañas dormidas dentro de sus capullos.

Del médico sólo los más antiguos se acordaban. Cuando el niño García Pérez Etcétera se ponía malo, le daban leche caliente con vino y mielo, y eso lo curaba todo, salvo los sabañones invernales, que no tenían cura, y las diarreas del verano a las que ya estaba acostumbrado. Médicos quedaban por ahí, desde luego, pero se dedicaban a contar los pelos que los niños del Norte tenían en las falanges de los dedos de los pies, a fiscalizar sus pecas, a medir sus cráneos y narices: estaban demasiado ocupados como para cuidar las pulmonías del niño García Pérez y de sus compañeros.

Y como el muchacho no iba a tener jamás una escuela a donde ir, toda su vida ignoraría algunos esencialísimos detalles de sí mismo, especialmente las claves de su código genético. A él y a su padre y a su abuelo no le importaban demasiado, pero la sociedad en que vivían padecería una terrible e inevitable carencia; la patria en que había nacido se tambalearía ante la flojedad de aquellos cimientos humanos del zagal que pisoteaba los terrones de la meseta.

Porque era una delicada e importante cuestión. Den entre los cientos de García, Pérez, Rodríguez, Sánchez, Martínez y Suárez de su nombre, un estudio científico de aquel niño hubiera podido deducir notabilísimas conclusiones.

Hubiera adivinado, por ejemplo, que uno de sus antepasados fue el emperador Teodosio el Grande, que dejó preñada a una sus esposas cuando salió de Coca (Segovia) para gobernar el Imperio romano; que otro de ellos había luchado con Hernán Cortés en la conquista de México; que otro había sido conde de Castilla; que una de sus abuelas tuvo trato carnal con Abd al-Rahman III; y otra con el filósofo y médico judío Moses ben Maimón; que otro ancestro suyo había sido tío de un tal Miguel de Cervantes, aquel a quien sapientísimos hombres habían borrado de una calle de Lejona para sustituir su opaco nombre por el del eximio poeta Ormaechea Orive; que otro había sido capitán de los tercios de Flandes y otro obispo de Esmirna, y uno más palafranero de Isabel II la Casta.

Por lo demás, si el niño García Pérez Etcétera se hubiera sentado ante un culo de botella y lo hubiese utilizado como espejo, habría descubierto que poseía en su rostro 9618 pecas, lo cual hubiera podido cambiar el mundo si el maestro no se hubiese largado de su vera por orden superior, pues era el mismo que poseyeron Gobineau y Rosenberg; que brotaban 95 pelos sobre cada uno de sus falanges (muchos de ellos chamuscados en la hoguera que tenía prendida), el mismo número que Hitler lucía; que las medidas de su nariz coincidían milimétricamente con las del más conocido jefe del Ku-Kux-Klan, un tal coronel W.J Simmons; que la implantación de su (nonato) vello público formaba el mismo dibujo que en vida tuvieron Jim Crow y el general Forrest, y, en fin, que la posición de las circunvoluciones cerebrales era idéntica a la que los arqueólogos hallaron en el cráneo de Nerón, y, feliz coincidencia, a las que aún hoy en día eran frecuentes en Africa del Sur y otras famosas regiones de la Tierra.

¿Y qué decir del color de sus ojos y de su sensibilidad gustativa? Los ojos eran de color pardo cuando contemplaba el ocaso y grises al mirar las primeras luces de la mañana. Ni el niño García Pérez se hubiera repuesto de esta sorpresa étnico-antropológica, si la hubiese alcanzado. Por otro lado, le gustaban las sopas de ajo, los garbanzos, las patatas viudas, las sardinas fritas, el tocino y las manzanas verdes. Era tan bueno es esto que incluso fabricaba chicle con un puñado de trigo recogido en las eras o en los campos.

Cualquiera de estos detalles hubiera permitido a un concejal medianamente cultivado o a un alcalde con el segundo curso de EGB aprobado escribir una enciclopedia acerca de la superioridad de aquel pastorcillo perdido bajo el invernal frío de la meseta.

Y si un buen genealogista hubiera echado leña al fuego del informe genético, teniendo en cuenta todos aquellos apellidos ilustres en el macuto vital del niño, a nadie le hubiese sorprendido que vinieran a llevárselo para nombrarlo director de la universidad de Harvard, u obispo de Roma, o rey de España mismamente.

Pero como hacía frío, estaba empezando a nevar, loas cabras se desmandaban, uno de los mulos se había perdido y el cura, el médico, el maestro y su madre estaban lejos, el niño García Pérez Etcétera se puso a llorar en medio del campo, a la sombra de una zarza agostada, y lloraba como un perro, como un perro castellano.”

El País, miércoles, 3 de diciembre de 1980

Soneto alcarreño de la Iglesia de San Nicolás de Guadalajara

El escritor y poeta Juan Pablo Mañueco Martínez nos adelanta una innovación poética, el llamado “soneto alcarreño”, una nueva forma de soneto (de 16 versos y rima alterna), que se estrena por primera vez en su obra “Con Machado, esperando a Prometeo”, de muy próxima publicación.

SONETO ALCARREÑO DE LA IGLESIA DE SAN NICOLÁS DE GUADALAJARA  
 
Por esta nave única de planta en cruz latina,
mas con variadas grandes capillas laterales
singlan naves que bogan para curar los males
por las cuales la nave del alma se encamina.

Sobre el amplio crucero una cúpula redonda
con balconada y rematada en una linterna
da paso desde el cielo a la clara luz eterna
que cala en el templo su celeste lumbre honda.

 

Dentro, el mayor retablo ocupado es por caverna
de columnas salomónicas formando fronda
sobre sí mismas girando, en marmórea ronda
grisácea, al cielo rodando en torsión eterna.

Son tan blancos e intensos del cielo estos umbrales
y cargada en barroco cada labrada esquina
que al fondo del claro cruce de la cruz latina
se sienten ya cánticos de coros celestiales.