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La Puerta del Sol de Madrid

José Manuel Castellanos Oñate

¿Tomó la famosa Puerta del Sol su nombre de un castillo construido en ese lugar por los madrileños, fieles en su mayoría al emperador don Carlos, para impedir que los comuneros entraran en la villa durante el alzamiento de 1520? Según parece, muchos todavía lo creen así. Y hoy día se sigue afirmando, por ejemplo, en referencia a ese momento histórico, que “las autoridades de la Villa, a fin de solucionar los problemas del bandolerismo generados por el descontento y malestar, además del hambre, ante la impotencia de solucionar el asunto deciden construir una especie de fuerte que los proteja. De este modo mandan cavar un foso y construir un castillo. La puerta principal de éste daba acceso a la ciudad. Así, pretendían frenar la ola de violencia e indignación de los comuneros cerrándoles el paso. En la puerta del fuerte pintan la figura de un sol”. Pero nada de esto ocurrió de la manera descrita: ni en su fondo, ni en sus detalles.

El primero que habló sobre el supuesto castillete con el sol pintado fue el maestro y preceptor del Estudio de Gramática de la villa Juan López de Hoyos, en 1572, en su Real aparato y suntuoso recibimiento a doña Ana de Austria (y al leer sus palabras no hay que olvidar que los cronistas de los siglos XVI y XVII que historiaron el pasado madrileño tuvieron buen cuidado de dulcificar, tergiversar o directamente ocultar todos aquellos episodios que pudieran haber supuesto deslealtad a la dinastía entonces reinante): «Tuuo este nombre por dos razones. La primera por estar ella a Oriente (…). La segunda porque en el tiempo que en España vuo aquellos alborotos que comúnmente llaman las Communidades, este pueblo, por tener guardado su término de los vandoleros y communeros, hizo vn fosso en contorno de toda esta parte del pueblo y fabricó vn castillo, en el qual pintaron un sol encima de la puerta, que era el común tránsito y entrada a Madrid. Y después de la pacificación y quietud destos reynos (…), este castillo y puerta se derribó para ensanchar y desenfadar vna tan principal salida como es ésta desta puerta; por el sol que allí estaua llamaron todos a este término la puerta del Sol».

Muy pocos años después, entre 1574 y 1578, se realizaron las Relaciones topográficas de los pueblos de España, elaboradas a partir de cuestionarios a los que dieron respuesta en cada concejo dos o más personas «de las que más noticia tuvieren de las cosas del pueblo y su tierra». En lo relativo a la villa de Madrid, las Relaciones volvieron a recoger sin variación alguna la tradición del castillete referida por López de Hoyos, cosa comprensible si se tiene en cuenta el prestigio del erudito madrileño y lo reciente de la publicación de su obra: «Por la parte del Oriente, que es la Puerta del Sol, llamada así porque en tiempo de las Comunidades se hizo allí un castillo con un sol encima, castillo que mandó derribar el Emperador, si bien la puerta conservó dicho nombre». A partir de ese momento, la fábula hizo fortuna y llegó intacta hasta nuestros días, aunque la realidad histórica fue sin duda bien distinta…

La llamada cerca (que no muralla) del arrabal, con fábrica de mampostería, escasa de altura y sin torres, se construyó muy probablemente en las décadas de 1430 ó 1440 para delimitar los arrabales de San Martín, San Ginés y Santa Cruz, a consecuencia, quizá, de la epidemia de peste que asoló la villa en 1438; su carácter nunca fue militar, sino meramente sanitario y administrativo. Fuera o no aquélla la fecha de su erección, sus portillos están ya documentados entre 1478 y 1502: puerta de San Millán/Toledo, puerta de Atocha, puerta del Sol, postigo de San Martín y puerta de Santo Domingo.

Con respecto a la etimología de la puerta que nos ocupa, la del Sol, ésta entrada a la villa aparece ya referida con tal denominación en el acta concejil de 18 de julio de 1478; tras ésta, en las de 14 de abril de 1488 y 2 de marzo de 1496. Ya se llamaba así, por lo tanto, mucho antes de la guerra de las Comunidades; su nombre lo habría tomado, sin duda, por abrirse a oriente, mirando hacia Alcalá de Henares y Guadalajara. Su carácter de simple portón se adecentó un poco en 1502, con motivo del recibimiento a los príncipes doña Juana y don Felipe en su camino hacia Toledo: el 24 de enero de dicho año se acordó «quel mayordomo haga la puerta del Sol tapiada e almenada, y la puerta grande que quepan dos carretas juntas». Los agasajados llegaron a la villa entre el 16 y el 28 de marzo, por la actual calle del Carmen -entonces ronda exterior de la cerca del arrabal-, entraron por esta puerta del Sol, y después de traspasar la de Guadalajara continuaron por la calle Mayor o por la de Santiago hasta llegar al alcázar; Juana y Felipe permanecieron en Madrid hasta después del 8 de abril y su partida discurrió por la puerta de Guadalajara, plaza del Arrabal (hoy, Mayor) y calle de Toledo. Los príncipes llegaron a esta última ciudad el 7 de mayo, reuniéndose allí con los Reyes Católicos, y días después fueron jurados en ella como herederos de la corona.

Dos décadas más tarde tuvo lugar el alzamiento comunero: aunque no hay constancia documental de ello, no puede descartarse que llegara a construirse algún tipo de fortificación en esa puerta del Sol en dos momentos concretos de la contienda. El primero de ellos, a mediados de agosto de 1520, cuando los comuneros madrileños todavía no se habían hecho con el control del alcázar y sospechaban que el alcaide Francisco de Vargas, que se encontraba en Alcalá de Henares, podría estar intentando reunir tropas para reducir a los sublevados madrileños. Y el segundo momento, unas semanas después, ya que el 6 de septiembre aparece la única referencia documental relativa a trabajos adicionales de fortificación realizados en esa puerta durante todo el conflicto: con el alcázar ya rendido a los comuneros y toda la villa bajo el mando del concejo revolucionario, éste acordó reforzar la escasa protección que la cerca del arrabal brindaba al flanco oriental de la villa, y entre otras medidas dispuso «que a la Puerta del Sol se hagan puertas e se tapien».

En cualquiera de los dos casos, esta mínima fortificación adicional (el legendario castillete de la tradición creada por López de Hoyos) habría sido obra de los comuneros madrileños para defenderse de los realistas y no al contrario.

La puerta del Sol se reformó nuevamente en 1538, reconstruyéndola con ladrillo y cal, con «un cimiento en todo lo ancho de la calle, de tres pies de grueso y de media vara de alto», y con seis almenas en lo alto. Fue definitivamente derribada en los últimos años del siglo XVI o primeros del siguiente; en el plano de Frederic de Wit, de 1635, ya no aparece.

(José Manuel Castellanos Oñate es autor entre otras obras del libro “Madrid Comunero. Crónica, documentos y análisis del alzamiento en la villa”, editado por la Asociación Cultural “La Gatera de la Villa”. La imagen que ilustra la entrada corresponde al Plano del cartógrafo portugués Pedro Teixeira del año 1656).

Madrid Comunero

Francisco Javier Sánchez

Hoy en día hablar de Madrid supone tratar de una gran urbe, la capital de España. Madrid se convirtió en sede más o menos fija de la Corte en tiempos de Felipe II; anteriormente, la Corona de Castilla nunca tuvo una capital permanente, pues los reyes castellanos eran itinerantes, y tan pronto se encontraban en Segovia, como en Toledo o en Sevilla. Algunos reyes de Castilla tenían sus preferencias, como Alfonso X con Toledo, Pedro I con Sevilla, o Juan II y Enrique IV con Segovia. Pero a partir de Felipe III, tras instalarse durante cinco años la Corte en Valladolid desde 1601 a 1606, la Corte de la Monarquía Hispánica queda instalada definitivamente en Madrid.

Pero antes Madrid era una villa modesta que, no obstante, contaba con Procuradores en las Cortes de Castilla; esto era un privilegio pues no todas las villas y ciudades de Castilla podían enviar representantes a las Cortes castellanas. Durante el reinado de Isabel de Castilla, a finales del siglo XV sólo diecinueve ciudades, con sus respectivas áreas de influencia que abarcaban todo el territorio castellano, mandaban Procuradores a las Cortes: Burgos, Soria, Segovia, Ávila, León, Zamora, Toro, Salamanca, Palencia, Valladolid, Toledo, Madrid, Guadalajara, Cuenca, Sevilla, Córdoba, Jaén, Granada y Murcia.

Parece que no, pero en este contexto – el del Madrid ciudadano- hay que enmarcar la importantísima participación de la Villa de Madrid y de su Tierra en la Revolución de las Comunidades de Castilla. Toledo fue la cuna y epígono del movimiento comunero, en la Castilla que alumbró el primer texto legislativo de caracteres constitucionales, la Ley Perpetua redactada en Ávila durante el verano del año 1520 y que no quiso acatar el rey Carlos. Pero la Villa de Madrid siempre estuvo al lado de Toledo, por excelencia Ciudad Comunera, también para el turismo, dentro de las relaciones de fuerte solidaridad entre las ciudades castellanas. Madrid se organizó como Comunidad revolucionaria, destituyó a los regidores sumisos a Carlos de Gante, impuso una Hacienda para sufragar los cuantiosos gastos derivados, y puso en pie unas milicias que engrosaran las filas del Ejército Comunero. Prácticamente todos los vecinos de Madrid estaban implicados en el levantamiento de la villa. Sobre todo esto se ocupa un libro de reciente publicación.

En septiembre de 2015 la Asociación Cultural La Gatera de la Villa ha editado un libro escrito por el investigador D. José Manuel Castellanos Oñate, titulado “Madrid Comunero. Crónica, documentos y análisis del alzamiento en la villa”. La solapa del libro referencia que “es una crónica documentada de la participación madrileña en el movimiento comunero, episodio que los cronistas clásicos, y otros modernos tras ellos, han preferido silenciar o minimizar, desvirtuándolo con tópicos carentes de rigor que hoy día siguen teniéndose por ciertos”. Precisamente este libro trata de llenar, como dice su introducción, “no pocas lagunas necesitadas de nuevos y pacientes estudios; una de ellas es la participación de la villa en el movimiento general de las Comunidades de Castilla, por más que escribir sobre tal asunto pueda parecer ocioso”.

En el libro “Madrid Comunero” se ha desarrollado un excelente trabajo, en una labor prolija y exhaustiva, pues incluso transcribe al final, en su totalidad o en parte, doscientos sesenta y siete documentos relativos al alzamiento comunero en Madrid, y referencia en un índice más de ochenta personajes conocidos relacionados con el Madrid comunero y una breve sinopsis de ellos. Es una documentación de sumo valor y muy curioso el poder leerla, además de ser el innegable soporte a la meticulosa investigación realizada por su autor.

Además de al mítico jefe de las milicias madrileñas, Juan Zapata, quisiera recordar a los dos Procuradores de Madrid que defendieron los intereses de sus ciudadanos en las Cortes de Castilla de 1518 ante Carlos, autoproclamado rey en Bruselas en 1516: Antonio de Luzón, que fue regidor comunero de la villa, y a Luis Núñez. Y sobretodo, a Pedro de Sotomayor, que fue procurador madrileño en las Juntas de Ávila y de Tordesillas, siendo apresado en esta última villa en diciembre de 1520 y sentenciado a muerte en agosto de 1522, muriendo decapitado en la plaza de Medina del Campo el 13 de octubre de 1522. Y quince días después aparece como exceptuado en el llamado Perdón General. La represalia contra su familia continuó hasta 1550 en que se dicta sentencia definitiva contra las hijas de Sotomayor que pleitearon para recuperar los bienes de su padre confiscados.

Por tanto, estamos ante una obra de imprescindible lectura para conocer cómo fueron las gentes de Madrid en los años del movimiento comunero y para afirmar lo obvio: que Madrid siempre será Castilla, pese a los artificios autonómicos, sin perjuicio de su actual mestizaje de culturas que se pone como justificación del artificio, cuando en Barcelona, por ejemplo, se produce con mayor intensidad ese mestizaje y nadie duda de que es la ciudad más importante de la comunidad en que se asienta.

Por último, recordar la fecha del 26 de junio de 1520, día en que se constituye el Concejo comunero de Madrid, y la del 15 de mayo de 1521 en que capitula la villa ante el poder real. Durante esos años, como decía la crónica de Sandoval, los castellanos “esperaban que sería esta república una de las más dichosas y bien gobernadas del mundo. Concibieron las gentes unas esperanzas gloriosas de que habían de gozar los siglos floridos de más estima que el oro”.

Celebrar el Día de Castilla todos los días y en cualquier lugar, además del 23 de abril

Francisco Javier Sánchez

Queda muy poco para el día 23 de abril, erigido por los políticos de la difuminada Castilla en la fiesta oficial de sólo una comunidad autónoma, la de las nueve provincias, cuando todo el mundo sabe que Castilla se extiende mucho más allá de las dos submesetas que une la Cordillera Central.

De hecho, la revolución de las Comunidades de Castilla se inició y concluyó en la castellanísima ciudad de Toledo (1519-1522), compendio de todas las culturas y Ciudad Comunera por excelencia. Aunque ahora a Toledo se la conozca turísticamente como la ciudad imperial, después de que la inquina de Carlos V demoliera la casa de Juan de Padilla y de María Pacheco y mandara colocar su escudo con el águila bicéfala extranjera por todas las partes de la ciudad.

El día 23 de abril de 1521 tuvo lugar la Batalla de Villalar. Allí se decidió en buena parte el destino de la primera revolución moderna que se desarrolló en Europa, donde clarísimamente era el reino el que mandaba al rey a que acatara lo ordenado y dispuesto por las Comunidades. Y el reino, sin nadie más -sin el rey-, estaba encarnado por las Cortes y la Junta General del Reino que redactaron en Ávila la llamada Ley Perpetua, que “responde a lo que esencial y etimológicamente significa una Constitución, palabra cuya raíz se halla en el verbo latino constituere, “establecer definitivamente”, en cuanto norma fundamental del Estado que determina completamente el ordenamiento jurídico-político, elaborada y aprobada por una asamblea con poderes extraordinarios con expreso deseo de permanecer indefinidamente, definitivamente en el tiempo.” ( Ramón Peralta en su obra “La Ley Perpetua de la Junta de Ávila (1520). Fundamentos de la democracia castellana” ).

Como dice Ramón Peralta, doctor en Derecho Constitucional y Filosofía Política y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Complutense de Madrid: “La primera revolución constitucional europea sólo podía suceder en el pueblo políticamente más avanzado del continente caracterizado por un peculiar ánimo democrático: el pueblo castellano pretendía establecer formalmente la primera monarquía constitucional, esto es, delimitada objetivamente por una Ley Fundamental obra de unas Cortes Extraordinarias que recogieran su Constitución interna.”

Esto es por lo que luchaban los comuneros: por establecer la primera monarquía constitucional y democrática, delimitada objetivamente por la llamada Ley Perpetua, que regulaba la soberanía, el gobierno y la administración pública, el parlamento sin el rey, la independencia de la justicia, la libertad de los ciudadanos, el derecho de nacionalidad, la protección de los indios, el fomento de la economía, la hacienda pública, la moneda…, y que resulta ser el primer precedente constitucional hispánico, europeo y mundial.

Aunque a estas alturas todavía se siguen desconociendo las aspiraciones de los comuneros, y el 23 de abril sólo acertemos a recordar los nombres de los tres principales Capitanes, Padilla, Bravo y Maldonado, que fueron decapitados al día siguiente de la batalla…, pero sin saber por lo que dieron sus vidas.

Por ello propongo que no sólo el 23 de abril sea el Día de Castilla, y no sólo oficialmente en una de las comunidades autónomas en las que está desmembrada Castilla. Propongo que celebremos todos los días Castilla en todas partes, que estemos orgullosos de ser castellanos, que tengamos presente que Castilla es incompatible con el absolutismo, el despotismo y la intolerancia porque precisamente Castilla puso los fundamentos de la democracia más avanzada en su tiempo.

Sería muy interesante una lectura pública de la Ley Perpetua de Castilla en las ciudades de Ávila y de Tordesillas, lugares donde sucesivamente fue redactada y proclamada, pero también en todas las partes de Castilla pues iba a ser la ley fundamental de todo el reino. De esta manera nos enteraríamos todos de las grandes ideas democráticas y de lucha contra la corrupción que todavía no han sido capaces de descubrir los políticos de hoy en día.

Volviendo a los tiempos actuales, ni una sola institución autonómica de las regiones en que se encuentra disuelta Castilla, convertidas sus regiones -eso sí- en los grandes pesebres de los que vive la “casta política” y de los que quieren vivir los que dicen que no son casta, ha sido capaz de revitalizar una mínima cooperación regional. Por no recordar que no se les pasa por la cabeza la necesaria unidad de Castilla, necesaria al menos para sus ciudadanos. Los que antes eran alcaldes se presentan ahora en las elecciones a presidente de comunidad autónoma, o viceversa, que da igual. Los políticos de Castilla, si es que los hubiera pensando algo en Castilla, se han olvidado de aquel órgano de colaboración permanente que crearon hace años, el Consejo de las Comunidades Castellanas, impulsado por los entonces presidentes regionales Juan José Lucas, Alberto Ruíz-Gallardón y José Bono. ¿Por cuántos más pesebres han ido pasando estos señores hasta ahora?. ¿Se han acordado en algún momento de los ciudadanos castellanos a los que se supone servían, de servir, de servicio público?.

¡Viva la Constitución castellana de 1520! ( La Ley Perpetua de la Junta Comunera de Ávila)

¡VIVA LA CONSTITUCIÓN CASTELLANA DE 1520! (o la avanzada Ley Perpetua de Ávila que Castilla dio al mundo en 1520, por la que combatieron los comuneros y que no ha sido ni atendida ni superada)

Junta Santa Comunera,
unión de Comunidades,
alma unida, en que ciudades
natural ley escribiera.

Primero: Que los cuadales
al político decidiera
beca que el pueblo eligiera.
Lo demás, fuesen maldades.

Otrosí dos: Plazo hubiera
máximo en el ejercicio
al pueblo de ese servicio.
¡Nunca profesión se hiciera!

Un tres mayor maleficio
expreso en prohibir fuera:
como es que arriba quisiera
obstruir alguien su ejercicio.

Venga rey o jefe arriba
Influyéndoles: ¡Ni reyes
Vaciándoles con leyes:
Ante orden todo prescriba!

Los encargos sean leyes
En que la gente ella escriba
Ya, y luego eso sobreviva:
Por ser soberanas leyes.

En no dar ni recibir
Rentas ni cargos a amigos,
Pónganse fuertes castigos.
Eso a gente ha de incumbir.

Tan solo con cuatro puntos
Una Ley tan castellana
Anuncia ser tanto de hoy
que con otros más asuntos

llevaría a muchos juntos
en pos de luz que ella mana.
Y una vez triunfante doy
así el triunfo a grey humana.

Juan Pablo Mañueco

(Bueno, en honor de la Ley Perpetua de Avila de 1520, he compuesto esto: El que esté conforme con ello, que lo difunda, a ver si llega a algún partido político que haga buen uso de ello. ¡Ya, hasta en verso, oiga!)

A la Comunera María de Pacheco, en el febrero toledano

Antes de que finalice el corto mes de febrero y con la alegría de conocer los trabajos iniciales para colocar una estatua en la ciudad de Toledo en honor a Juan de Padilla, que esperemos sea acompañada por otra dedicada a su esposa María de Pacheco, valerosa mujer que mantuvo la resistencia comunera ante las tropas de Carlos de Gante hasta un mes de febrero del año 1522,  el poeta y escritor Juan Pablo Mañueco dedica este poema a la comunera María de Pacheco y Mendoza, titulado “A la Comunera María de Pacheco, en el febrero toledano”.
María, la Comunera,
que en Toledo resistía
como Padilla quería,
qué gran capitana fuera.

La comunera María
con Castilla ya se uniera,
con Toledo comunera
y rebelde valentía

Mujer de Juan de Padilla
con la tropa comunera
que Padilla nunca muera
y que no muera Castilla

Toledo aún resistiera
alza enseña aún que brilla,
el tiempo ante ella se humilla
por su gesta comunera.

Y tanto Juan de Padilla
cual María comunera
consiguen que nunca muera
la bravura de Castilla.

Decir conmigo Castilla,
se siente y es comunera
con María si volviera
y al frente Juan de Padilla.

¡Toda Castilla entera
recuerda a la comunera
y en Toledo y en febrero
se oye el fervor comunero
por María la comunera!
Y por el pendón que aún brilla,
¡nos lo trae Juan de Padilla!

A Padilla, Bravo y Maldonado, Capitanes en 1521 y Capitanes de Futuro ( 3ª y última Parte)

EL FUTURO

Capitán Juan de Padilla,
el modelo castellano
en nombre triunfó, no en grano.
Falta la cuestión sencillaque Comunidad sabía:
-“Ni el Reino sea del rey,
ni amo propio el que hace ley”.
(¡Democracia eso sería!)Ni el Reino sea del rey,
ni el cargo del encargado,
cumpla con lo programado
que le ha encargado la grey.

¡Nos falta aún, capitán,
el mandato imperativo
que al votado haga cautivo,
para tu gloria asir, Juan!

A esta dependencia estaba
procurador castellano
sujeto, y en verdad grano
es que libera a la esclava

gente que aún sólo puede
una u otra señoría
escoger, mas no la vía
que imperial modelo vede.

Haznos, Juan, otro servicio.
Que después de Villalar
nos vuelvas a levantar
hasta la puerta y el quicio

en que Castilla futura
no sólo asuma en el nombre
democracia que le asombre:
¡lo que su fondo asegura!

¡Mil quinientos y veintiuno
no será así una derrota
sino una fecha que anota
futuro más que oportuno!

EL HORIZONTE DE FUTURO

-“El Estado no es de los representantes
es -o lo ha de ser- de los representados”.
Reinos o repúblicas, si no son guiados
por tu voz… aristocracias semejantes

serán. Finjan los valores declarantes
lo que gusten. A expolio serán llevados
lo público y el erario, por amistados
clanes de rey o república imperantes.

La única diferencia… será de grado,
pero despojo habrá en lo que el dueño/pueblo no haya marcado.

Lograr tu revolución, Juan, aun bastante
fuera. La sustancial y única importante,

no la de este o aquel partido distante
ni la de la nominal forma de Estado.

Repúblicas o Monarquías, serán verticales
sin el programa que obligue a los representantes

y dé, al menos, ese poder real a los representados…
Ambos estarán, sin ti, Juan, sobre la Común alzados.

Juan Pablo Mañueco,
del libro “Castilla, este canto es tu canto. Parte I”

A Padilla, Bravo y Maldonado, Capitanes en 1521 y Capitanes de Futuro ( 2ª Parte)

LA BATALLA

Los campos son lodazales,
que impiden mover cañones,
de escopeteros sus sones
tampoco suenan iguales.Más y más caballería
los imperiales aportan,
los predios pronto se acortan
entre pueblo y monarquía.

De Valladolid o Toro
refuerzos no han de llegar,
será, en campo, Villalar
muerte en rojo, o triunfo en oro.

Hasta Segovia y Toledo
noticias han de alcanzar,
de huestes que hicieron armar
combatiendo con denuedo.

Milicias van a luchar,
Salamanca, Madrid, Cuenca…
triunfo o derrota flamenca
a su oído habrán de hablar.

Padilla pica la espuela
con vanguardia comunera,
sea su sangre primera
que a vencer o morir vuela.

Grita: “¡El Reino no es del rey,
es de la Comunidad!”.
(La idea de libertad
ha calado ya en la grey).

No importa que luego apresen
al que clamó libertad.
Es futuro y es verdad
su criterio, aunque lo hiriesen.

Mil soldados comuneros
yacen ya por Villalar,
amapolas que al brotar
cantan sones mensajeros:

-“¡No sea el Reino del rey,
sea de Comunidad!”.
(Al futuro preguntad
y éste dictará su ley).

EL CADALSO
A la mañana siguiente
la aristocracia ha alzado
cadalso tan elevado
que a idea corte la frente.Juan Bravo y Juan de Padilla,
más Francisco Maldonado,
a lugar tan destacado
de la Historia de Castilla

suben sin hincar rodilla.
Pide Bravo, el segoviano
-donde hoy en bronce su mano
ondea un pendón que brilla-,

morir antes que Padilla;
pero aún el toledano
otra frase en castellano
más alta y clara gavilla:

LA PROCLAMA

 

-“¡Las leyes las haga el Reino
y para ser recta ley
obliguen también al rey
que es por debajo del Reino!”Hoy reyes o presidentes
se inclinan ante Padilla
que ideas, las de Castilla,
los mudaron en sirvientes.

Al menos, en teoría.
Que ni el Reino hace las leyes
y aún se tienen por reyes
sirvientes que “señoría”

se hacen llamar sin reparo.
¡Supiera Juan de Padilla
y Bravo, que a esa orilla
no llega -sino es descaro-

quien se sienta “señoría”!,
¡que el votado ha de sufrir
un encargo que servir,
lo cual servidor le haría!

Juan Pablo Mañueco,
del libro “Castilla, este canto es tu canto. Parte I”

A Padilla, Bravo y Maldonado, Capitanes en 1521 y Capitanes de Futuro ( 1ª Parte)

“El Reino no es del rey, sino de la Comunidad”

“El Estado no es de los representantes, sino de los representados”

Capitán General Juan de Padilla
la Junta Comunera te ha nombrado
y hoy a gloria eterna serás llamado

a veintitrés de abril, mientras Castilla

verdea en trigos y en la fe que brilla
contra un César absoluto llegado
desde tierras flamencas, que ha dejado
arca exhausta en Reino y en cada villa.De Torrelobatón, alcázar breve
que asedio imperial no resistiría,
hacia Toro el ejército partía
cuyo muro aguantar su empuje puede.

VILLALAR

Pero en medio de campiña y relieve,
donde Villalar se eleva y erguía
les avista imperial caballería
en día empapado en que el cielo llueve.Cuantiosos los jinetes imperiales,
no porque su causa sea más justa,
sino sólo Su Majestad augusta
dadivoso fue en manejar caudales.

Combaten, de un lado, los ideales
de la libertad, y en contra la fusta
que, además de su tiranía, incrusta
prebendas y ventajas señoriales.

Al reino o nación lo quieren
situar encima del rey,
que sólo así norma y ley
por la libertad vinieren.

Así que las baterías
comuneras se sintieren
que, en su fragor, a quien hieren
es a añosas jerarquías.

Juan Pablo Mañueco,
del libro “Castilla, este canto es tu canto. Parte I”

Toledo, Ciudad Comunera también para el turismo

Francisco Javier Sánchez

A cualquiera que visite la ciudad de Toledo le sorprende que en la Plaza de Padilla no exista ninguna referencia a que allí se encontraba la casa de Juan de Padilla, Capitán General del Ejército Comunero, y de su esposa María Pacheco. En otra ciudad o pueblo de cualquier parte de España, que contara con personajes relevantes en la historia, ya habría alguna inscripción que los recordara, y así habría de ser en Toledo con figuras tan principales como María Pacheco y Juan de Padilla, que fue regidor de la ciudad e icono de la Revolución de las Comunidades de Castilla, considerada como precursora de las revoluciones modernas. En marzo del año 2015, por fin, se levantó una estatua a Juan de Padilla en la plaza que lleva su nombre, tras siglos en los que el Ayuntamiento de Toledo ha sido desdeñoso con un héroe de la historia que defendió con las armas la Ley Perpetua de Castilla del año 1520, que no quiso acatar el rey Carlos.

Toledo fue la primera ciudad castellana que se sublevó contra la política antinacional de Carlos de Gante, hijo de la reina Juana de Castilla y usurpador del título de su madre, y la que más resistió como ciudad comunera tras la batalla de Villalar. Fue la ciudad que lideró el movimiento comunero. Sin embargo, se la conoce turísticamente como la ciudad imperial. Curiosamente, la inquina que tuvo el Emperador Carlos V con Toledo, principal ciudad que puso en peligro el estreno de una dinastía que desangró a Castilla durante dos siglos, llegó al extremo de mandar demoler la casa de los Padilla y Pacheco, sembrar de sal todo su solar, y colocar águilas bicéfalas de los Austrias en los escudos de la ciudad, que son los de Castilla. También mandó derruir la torre principal del antiguo alcázar de los reyes castellanos.

En contraste, Juan Bravo cuenta desde el año 1921 con una estatua en Segovia, y en la fachada de un edificio de la villa de Atienza figura la siguiente dedicatoria en unos sencillos azulejos: en esta casa nació el heróico comunero Juan Bravo Capitán General de Segovia que dió su vida por “celoso del bien público y defensor de la libertad del reino”. Dedicatoria que resume muy bien el ideal de los denostados comuneros. Es lo mínimo.

También Toledo debería de acoger un Centro de Interpretación del Movimiento Comunero, que sería complementario del existente en el castillo de Torrelobatón, importante población histórica de Castilla la Vieja y León con protagonismo en la Guerra de las Comunidades. Es hora de que el Ayuntamiento toledano y la Junta que precisamente lleva el nombre de Comunidades, aunque es dudoso que sus responsables sepan de dónde procede tal denominación, establezcan unos proyectos al respecto para llevarlos a cabo a la mayor brevedad posible, pues no queda nada para el V Centenario de la revolución comunera ( 1519-1522).

Mientras tanto, cada vez más castellanos acuden a Toledo cada año en el primer fin de semana de febrero en el que se cumple el aniversario de la caída de la ciudad ante el asedio de las tropas de Carlos de Gante. Las plazas de Zocodover y de Padilla son el escenario para brindar un homenaje a los comuneros, pedir dignidad para Castilla y denunciar su fragmentación autonómica. No parece que sea pedir mucho.

La Ley Perpetua de Castilla

Francisco Javier Sánchez

Resulta bastante desconocido el hecho de que el primer esbozo de Constitución moderna o primer precedente constitucional de Europa tuvo lugar en Castilla, sí, en Castilla, por sorprendente que pueda parecer. Aunque este desconocimiento va ligado al poco interés que suscita saber qué es lo que pretendían los comuneros de Castilla, dado que en ocasiones se les asocia de manera torticera a la defensa de privilegios medievales, cuando en realidad  aspiraban a establecer un nuevo orden político en el que el Reino mandara al Rey, así lisa y llanamente, y no el Rey al Reino, como había ocurrido hasta entonces.

Para poner en contexto el tema de la Ley Perpetua hay que hacerse primero a la idea de que Castilla en los albores del siglo XVI constituía la sociedad más próspera del mundo conocido, con populosas ciudades y un desarrollado comercio. La crisis política que se arrastraba en Castilla desde la muerte de la reina Isabel en el año 1504, la llegada del efímero Felipe el Hermoso, las regencias del cardenal Cisneros y de Fernando de Aragón…, estalló en un profundo malestar de los castellanos ante la autoproclamación como rey de Castilla de Carlos de Gante desde su corte de Bruselas ya en el año 1516. La postergación de los intereses económicos y políticos  de Castilla, el saqueo de su Hacienda y la avaricia irrefrenable de los flamencos para con todo lo que oliera a dinero y cargos políticos y eclesiásticos, estando ya Carlos en Castilla,  junto con la madurez política de la sociedad castellana de la época que brillaba pletórica en las urbes de Toledo, de Salamanca o de Valladolid, alumbraron en buena parte la que se considera la primera revolución moderna, la que encabezaron las ciudades castellanas con procuradores en las Cortes, la llamada Revolución de las Comunidades de Castilla, sobre la que el historiador Joseph Pérez, Premio Príncipe de Asturias 2014, escribió el libro de cabecera “Los Comuneros”.

Para conocer mejor lo que supuso la Ley Perpetua del Reino de Castilla, hay un interesante estudio realizado por Ramón Peralta publicado en su libro “La Ley Perpetua de la Junta de Ávila (1520). Fundamentos de la democracia castellana”, de Actas Editorial, cuya lectura recomiendo. Ramón Peralta, doctor en Derecho Constitucional y Filosofía Política y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Complutense de Madrid, afirma en su obra: “La primera revolución constitucional europea sólo podía suceder en el pueblo políticamente más avanzado del continente caracterizado por un peculiar ánimo democrático: el pueblo castellano pretendía establecer formalmente la primera monarquía constitucional, esto es, delimitada objetivamente por una Ley Fundamental obra de unas Cortes Extraordinarias que recogieran su Constitución interna.”

Reproduzco a continuación la contraportada del libro, que sintetiza muy bien el significado político del precedente constitucional castellano: “La Ley Perpetua redactada por la Junta de Procuradores de las Comunidades castellanas reunida en Ávila en el verano de 1520 resulta ser el precedente constitucional hispánico, frustrada en su aplicación por la oposición del rey Carlos de Habsburgo y su corte. Y es que el movimiento político comunero desarrollado entre 1519 y 1521 puede considerarse como la primera revolución constitucional europea si analizamos con detalle el proceso y el documento en que se concreta como Ley Perpetua del Reino de Castilla. La Ley Perpetua de 1520 expresa los elementos propios de la Constitución Política castellana formalizados ahora en un texto aprobado por los representantes de las principales ciudades de la Castilla nuclear. La Ley Perpetua, redactada y aprobada por una Junta extraordinaria –no convocada por el rey– de procuradores a modo de Cortes Constituyentes, es impuesta al rey y no puede ser modificada por el mismo ni por Cortes ordinarias. Se establece la total independencia de las Cortes como asamblea representativa de estamentos y ciudades respecto del rey que aparece como el Protector ejecutivo del reino; se fijan las funciones y modos de elección de los diputados como portavoces de los Concejos; se declara la independencia y profesionalidad de los jueces; se reestructura la administración estableciéndose criterios de selección y controles objetivos; se establecen específicas garantías judiciales en favor de la libertad y derechos de los ciudadanos y se reordenan los derechos de nacionalidad; se establece una Hacienda Pública y un orden económico en beneficio del desarrollo material del reino, de su producción y su comercio; se prohíbe la injerencia de los extranjeros, excluyéndose a éstos del ejercicio de cualquier cargo público; se garantiza, en fin, una amplia autonomía local-territorial en favor de Concejos y Comunidades cuyas autoridades eligen los vecinos, excluyéndose toda injerencia regia. El pueblo castellano pretendía establecer formalmente la primera monarquía constitucional, sin embargo, el rey y una corte de extranjeros apoyados por determinados sectores directamente beneficiarios del nuevo orden cesarista combatieron aquella pretensión logrando, con el tiempo, desvirtuar la estructura jurídico-política castellana, que tuvo que adaptarse a un molde foráneo de índole monárquico-absolutista. El Imperio de los Habsburgo, terminaría por debilitar en extremo a aquella próspera, dinámica y libre Castilla que se asomaba pletórica al mundo al principiar el siglo XVI.”