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El franquismo económico en Castilla

Francisco Javier Sánchez

Tal vez no haya suficientes estudios e investigaciones publicadas referidas a la historia económica de Castilla desde la década de 1940 hasta finales de la década de 1970, cuando ya Castilla muestra signos evidentes de la despoblación de la mayoría de sus provincias, después de varias décadas de emigración masiva que fue la consecuencia principal de la política económica que llevaron a cabo los gobiernos de Francisco Franco de los que formaron parte muchos ministros catalanes y vizcaínos que controlaron las áreas de economía, industria y hacienda.

De tal manera que siete provincias castellanas ( Guadalajara, Soria, Segovia, Ávila, Burgos, Palencia y Zamora) tenían más población en el año 1900 que en el año 1981, dato que pone de manifiesto por sí solo el hundimiento económico de Castilla en un siglo que se caracteriza precisamente por los avances imparables en la demografía, en la economía y en la tecnología.

No obstante, en el libro de entrevistas titulado “Diez Castellanos y Castilla” y publicado en el año 1982 por la Editorial Riodelaire dirigida por Juan Pablo Mañueco, en el que aparecen entrevistados ocho castellanos ilustres del momento y no diez, porque hubo dos que no quisieron ser entrevistados sobre las cuestiones esenciales de Castilla, se hace referencia a las escasas inversiones industriales en Castilla y al papel de colonia interior asignado a Castilla, proveedora de mano de obra, suministradora de energía eléctrica por medio de pantanos y centrales nucleares y, también, de recursos hídricos a través del Trasvase Tajo-Segura.

Francisco Fernández Ordóñez, que fue presidente del Instituto Nacional de Industria, en el libro de entrevistas “Diez castellanos y Castilla” contestaba lo siguiente, que es una muestra evidente del papel económico que asignó el franquismo a Castilla.

“¿Juzga suficiente, quien fue presidente del INI, la participación de las inversiones de las empresas públicas en el nivel de desarrollo de Castilla?

-Bueno, en Castilla nada; en Castilla el INI apenas ha aportado nada; ha habido una desatención grande respecto a las inversiones públicas en Castilla.

Históricamente, las inversiones del INI no han sido resultado de verdaderos programas, desgraciadamente. El INI se programó en su primera época, pero ha tenido una segunda fase en que ha jugado el papel de mera respuesta a las grandes quiebras. Se ha seguido el proceso de recibir empresas en crisis, más que el de crearlas.

Pero, por otra parte, el que no haya inversión en Castilla es parte de un problema mucho más grave, es consecuencia de un problema de despoblación. El crear incluso una empresa en Castilla, pública o privada, plantea unos problemas adicionales por falta de infraestructura pública, de apoyos suficientes, pero, además, ahora ya, por falta de lo más básico: de población.

Este es un fenómenos complejo y gravísimo que podríamos denominar el crecimiento desequilibrado de España. Este es un país que está creciendo desequilibradamente. Junto a tierras enormemente desarrolladas, que cada vez van a más, hay tierras rezagadas que cada vez se desequilibran más y se rezagan. Esta realidad a veces se quiere enmascarar aduciendo que en el plano de la renta per cápita las cifras de las regiones pobres se están igualando a las ricas; pero en realidad hay unas regiones que no pierden renta, porque pierden población; y al perder población, se divide entre menos.”

En la conferencia “UNA DEFENSA DE CASTILLA”, pronunciada en el Ateneo barcelonés por el escritor leonés Jesús Torbado el 12 de mayo de 1982, y publicada en el libro de entrevistas “Diez castellanos y Castilla” editado en septiembre de 1982, también se refirió este intelectual a la política económica del franquismo respecto de Castilla.

“Cierto: Pujol y Arzallus han dicho una parte mínima de la verdad. Franco se mantuvo gracias a la Iglesia, al Ejército y a la oligarquía financiera. Pero el nacionalcatolicismo fue una invención de los monseñores Gomá y Plá y Deniel, apellidos que no son frecuentes en mi tierra. Y en cuanto a las oligarquías financieras malamente podrían surgir de una páramo calcinado y semivacío. Por otro lado, y para no hacerme pesado en este punto, el dictador compensó su robo de ciertas libertades con dádivas muy notables a parte de la periferia española y a la ciudad de Madrid, convertida por su culpa en un monstruo industrial innecesario. Los Altos Hornos no se instalaron en Castilla, ni ninguna gran industria. Las materias primas eran manufacturadas -eran y son- en la periferia para luego ser vendidas en el centro: ¿no es eso una cualidad de colonia?. ¿Me equivoco al decir que la meseta central es una colonia de las zonas industriales?. De los 230.000 puestos de trabajo creados por el INI ( es decir, por el dinero de todos) sólo cinco mil han correspondido a las once provincias castellano-leonesas, y casi todos ellos de naturaleza extractiva y energética. Y buena parte de esa inversión se dedicó a inundar los mejores valles de la región para dotar de energía eléctrica a Madrid, al País Vasco y a otras ciudades industriales periféricas.” ( Parte del texto de la conferencia).

También recientemente, Manuel Ángel Castañeda, ex-director de “El Diario Montañés” escribió lo siguiente en “El Diario Montañés” de 15 de enero de 2017 en su artículo “Cantabria, ante la España autonómica”: “Es preciso recordar que la riqueza de Cataluña y el País Vasco provienen, en buena medida, del trato excepcional que el régimen de Franco les otorgó en la ubicación de grandes fábricas y en el trabajo de cientos de miles de emigrantes llegados desde las regiones menos favorecidas”.

A veces es preciso recordar lo que nadie dice ahora, pero que es la constatación evidente de las consecuencias de la nefasta política económica llevada a cabo por el régimen del general Francisco Franco en España: los profundos desequilibrios regionales que fueron ya la base en la que se instaló el llamado Estado de las autonomías y sobre los que descansa.

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Lo ilógico y lo lógico en Castilla

Pedro López Ocaña
Acabo de ver un mapa en el periódico “La Vanguardia”, que colorea las comunidades autónomas, desde el rojo fuerte al blanco según el gasto sanitario por habitante, correspondiendo el rojo a las que más gastan. Por dar una somera idea, la “Comunidad de Madrid” está en el blanco, “Castilla-La Mancha” es la tercera contando desde el blanco, “Castilla y León” la cuarta, Extremadura junto con el País Vasco en el rojo, es decir, esas últimas las que más gastan por habitante y las tres primeras, incluyendo la nuestra, la que llaman los políticos “Castilla-La Mancha”, las que menos; el resto oscilan en posiciones intermedias.

¿Tiene lógica esta clasificación? Pero se me ocurren otras cuestiones ilógicas en nuestra región.

¿Es lógico que la distribución sanitaria sea la que es? Es decir, que en Madrid o en Valencia, por citar dos comunidades distintas, ¿no pueda tenerse acceso a nuestro historial médico, y viceversa?.

¿Es lógico que para recibir determinados tratamientos médicos que no pueden hacerse en Cuenca nos hagan ir desde Tarancón a Albacete, a Alcázar de San Juan o a Toledo, lejanas y sin comunicación por transporte público, teniendo la ciudad de Madrid a 80 kilómetros y con un buen servicio de transporte y varios hospitales altamente especializados?. Santa Cruz de la Zarza, la comarca toledana de La Sagra y parte de la provincia de Guadalajara sí pueden, ¿por qué ellos sí y nosotros no?. ¿Es lógico?.

¿Es lógico que en una comunidad tan grande como “Castilla-La Mancha”, con tan malas comunicaciones y sin hospitales de alta especialización, se la convierta en una enorme isla sanitariamente incomunicada?.

¿Es lógico que en provincias con pequeños núcleos muy envejecidos, con muchos problemas para desplazarse a consultas y hospitales, no se subvencione con complementos al transporte colectivo no rentable (como se hacía hace años) para que la población no termine emigrando?.

¿Es lógico que una sola comunidad autónoma y concretamente una de sus provincias ( Guadalajara) albergue dos centrales nucleares, dos almacenes de residuos radiactivos temporales individualizados en piscinas ATI, y otra provincia como Cuenca un ATC (almacén temporal centralizado de residuos radiactivos de alta actividad ) a escasos 50 kilómetros de la mayor industria cárnica de la región y con los camiones de residuos radiactivos que necesariamente pasarán a su lado?.

¿Es lógico que una de las comunidades más secas, más pobre y con menos regadío de España, tenga que abastecer de agua para riego y boca a Murcia, Almería, Alicante y Valencia, mientras los pueblos ribereños de los embalses abastecedores tienen que ser abastecidos con camiones cisterna?. (Por mucho que los receptores puedan pagarla).

¿Es lógico que el Gobierno Español, incapaz de articular un sistema nacional solidario de abastecimiento de aguas sobrantes, consienta que sólo esta región, por obligación, tenga que ser la única solidaria?.

¿Tiene lógica o sentido común que las diferentes comunidades autónomas castellanas no busquen alguna fórmula descentralizada de unión política y económica entre ellas, ante las dos posibilidades de la nueva España que se avecina, la federal o la plurinacional?. ¿Qué seremos los castellanos si no lo hacemos?.

¿Tenemos futuro?. ¿Piensan nuestros políticos en todas estas cosas?. ¿En cómo contener la despoblación y el envejecimiento?. Porque no me gustaría tener que pensar que lo importante son los sillones y los reinos de taifas. Porque esto sí que no sería lógico, ni admisible.

Perdonen la impertinencia desde Tarancón.

La consolidación de Castilla y León en la Edad Media

Francisco Javier Sánchez

Retomemos la historia de nuestra tierra con datos curiosos. Durante los siglos XI a XIII los reinos de León y Castilla se fortalecieron y fueron ocupando una posición hegemónica dentro de la Península Ibérica.

Alfonso VI de Castilla y León fue un rey fundamental en la expansión territorial y en la repoblación al sur del Duero, aprovechando la división del califato de Córdoba en múltiples taifas. En esa época se lleva a cabo la toma de Madrid y su alcázar ( año 1083), en cuya conquista fueron protagonistas unos soldados que escalaron la muralla por la noche y abrieron la ciudad al grueso del ejército. Su habilidad llamó la atención del rey, que estaba presente, al exclamar que parecían gatos. Esta anécdota, que no se sabe si es cierta o no, originó el sobrenombre de gatos con que se conoce a los nacidos en Madrid.

Pero Madrid era sólo la antesala para la toma de Toledo ( año 1085) mediante un pacto por el que se respetaban los derechos y propiedades de los musulmanes que decidieran continuar en la ciudad bajo el poder cristiano. Fue un hecho decisivo pues era la primera vez que una taifa musulmana con su capital intacta pasaba a dominio cristiano, con la carga ideológica que suponía detentar la antigua cabeza de la España visigoda. Tan limpia fue la entrega que se conserva íntegra una antigua mezquita construida en el año 999, la Ermita del Cristo de la Luz.

En tiempos de Alfonso VI destacó la figura del Cid Campeador, que fue capaz de tomar la ciudad de Valencia ( año 1094), ante la amenaza de los ejércitos almorávides que vinieron del norte de África en respuesta al duro golpe de la pérdida de Toledo. Pero tras la muerte del Cid, el mismo rey decide abandonar Valencia en 1099 ante la imposibilidad de defenderla.

A Alfonso VI, le sucede su hija Urraca, y seguidamente el hijo de ésta y de Raimundo de Borgoña, Alfonso VII, que inicia la nueva dinastía de la Casa de Borgoña.

Alfonso VII, ante la debilidad de Aragón tras la muerte de Alfonso I el Batallador, se proclama emperador de toda España e impone su influencia a los restantes reinos hispánicos. Pero no puede impedir que el condado de Portugal se convirtiera en reino separado. Consigue desplazar la frontera hasta Sierra Morena y mantener durante algún tiempo plazas andaluzas como Almería.

La crónica de la conquista de Almería ( año 1147), escrita en latín, describe a los castellanos con rendida admiración, que hoy puede resultar llamativa:

“Mirad como avanzan los mil escuadrones de Castilla, ciudadanos famosos, potentes a través de los siglos. Brillan sus campamentos como los astros del cielo; relucen como el oro. Llevan vajilla de plata y la pobreza no existe entre ellos. Son fuertes, seguros en el combate; ni uno solo torpe, ni débil, ni mendigo. En sus tiendas hay abundancia de carne y vino, y pan de trigo sin medida. Sus armas son tantas como las estrellas del cielo. Van en caballos protegidos por gualdrapas y armaduras de hierro. Su lengua resuena como trompeta con tambor. Siempre altivos, tienen la confianza en su poderío. Los hombres de Castilla fueron rebeldes durante siglos.”

También esta crónica recoge que el símbolo del león se hallaba bordado en las banderas de Alfonso VII de León y Castilla, emblema que identificaba a la totalidad de sus reinos al promediar el siglo XII. Símbolo del león que ya aparece por primera vez en un sello de cera de un documento de 1098 que se conserva en la catedral leonesa.

A la muerte de Alfonso VII ( año 1157), Castilla y León se separan durante un tiempo: Fernando II es rey de León y Sancho III es rey de Castilla. Pero éste muere prematuramente, convirtiéndose en rey de Castilla el niño Alfonso VIII nacido en Soria.

Por la tutoría del niño luchan las familias de los Lara y los Castro. Los Lara consiguen llevar a Alfonso VIII desde Soria a Atienza, una de las villas mejor fortificadas. Pero ante el asedio de los Castro apoyados por tropas del rey de León, los arrieros de Atienza consiguen sacar al rey niño disfrazado de arriero entre ellos y llevarlo hasta Segovia y Ávila en una huída que duró siete días. Desde entonces se celebra la llamada Caballada de Atienza, en recuerdo de esa gesta, al son de la dulzaina y el tamboril. A partir de 1170 Alfonso VIII consolida su política tanto en el norte, otorgando Fueros a las villas marineras de Castilla la Vieja (Castro, Laredo, Santander y San Vicente), como en el sur, conquistando Cuenca y su territorio.

Tras el desastre de Alarcos en 1195, Castilla lideró la campaña de las Navas de Tolosa en el año 1212, con una resonante victoria que dejó despejado el camino definitivo hacia Andalucía. Después de esta batalla, se considera que Alfonso VIII mandó poner en su pendón el castillo de oro sobre campo bermejo, aunque el castillo ya se plasmaba como símbolo heráldico en sellos reales y signos rodados desde 1178. Se piensa que el castillo de Uclés, en la actual provincia de Cuenca, inspiró la forma del símbolo heráldico de Castilla, como se aprecia en la miniatura del Tumbo Menor de Castilla, donde aparecen representados Alfonso VIII y su mujer Leonor en la entrega de dicho castillo a la Orden de Santiago.

A Fernando II de León le sucedió Alfonso IX, que convocó por primera vez a los representantes de las ciudades, junto a nobleza y clero, en el año 1188 en la ciudad de León. De esta manera surgieron las primeras Cortes de tipo parlamentario de Europa, que reconocieron algunos derechos como la inviolabilidad del domicilio y del correo, y la necesidad del rey de convocar Cortes para hacer la guerra o declarar la paz.

Resumiendo, creo que una vez más hay que estar orgullosos de la historia de nuestra tierra. Por último, recordar que los reinos de Castilla y León se unen definitivamente en el lejano año 1230 con Fernando III el Santo, no separándose nunca más.

Viaje a las raíces de Castilla

Francisco Javier Sánchez

Después de dos textos dedicados a la historia inicial de Castilla, sobre el nacimiento de Castilla y sobre Castilla, de condado a reino donde se han mencionado a Taranco de Mena y Valpuesta, propongo un viaje para conocer sobre el terreno estos lugares simbólicos de Castilla y aprovechar para visitar Frías, Oña y Medina de Pomar, en la comarca de Las Merindades.

Frías, al lado del río Ebro, conserva el típico entramado urbano medieval y se puede decir que tiene de todo, hasta el título de ciudad otorgado por el rey Juan II en el año 1435, para intercambiar la población con Peñafiel, que pertenecía entonces al Conde de Haro: casas colgadas, el castillo de los Velasco, la iglesia de San Vicente Mártir y de San Sebastián, la judería, una calzada romana y el famoso puente medieval de 143 metros de longitud, de orígen románico y con una torre defensiva del siglo XIV en su parte central. Las vistas desde Frías son espectaculares dado su estratégico emplazamiento.

Oña se encuentra muy cerca, donde el río Oca atraviesa los Montes Obarenes, y allí es obligado visitar el Monasterio de San Salvador, fundado en el año 1011 por el conde Sancho García, nieto del conde Fernán González. El Monasterio está compuesto de una serie de edificios de distintas épocas, como la iglesia construida entre finales del siglo XII y el siglo XV, y el claustro que data de los siglos XVI y XVII. Este monasterio sirvió de enterramiento a diversos personajes vinculados a los orígenes de Castilla, condes y reyes, -y por eso el Monasterio de San Salvador de Oña es Panteón Condal y Real-, ubicados en dos conjuntos sepulcrales colocados al lado del Evangelio y de la Epístola, descansando cada cuerpo en un arca de madera de nogal ricamente tallada y con incrustaciones en taracea, constituyendo una obra única en España que data de finales del siglo XV. Allí están enterrados los condes de Castilla Sancho García y García Sánchez, y el primer rey de Castilla, Sancho, asesinado en Zamora en el año 1072, cuya imagen encabeza esta entrada.

De Oña se puede ir hasta Valpuesta desviándose al este poco antes de llegar a San Pantaleón de Losa, pequeña aldea que cuenta con una espectacular ermita románica y gótica sobre un risco montañoso. Atravesando el parque natural de Valderejo en la comarca de Valdegovía, que fue de la Merindad de Castilla la Vieja hasta que en el mapa provincial de 1833 pasó a la provincia de Álava, se llega a la aldea de San Millán y a dos kilómetros está la de Valpuesta, ambas en el municipio burgalés de Berberana.

Valpuesta está considerada desde hace tiempo la cuna del castellano escrito. De ahí radica la importancia de ser visitada, además de conservar la Colegiata de Santa María, hoy simple parroquia, construida a partir de una ermita en el año 804, erigiéndose también en su caserío el Torreón de los Condestables.

Los estudios de filólogos y paleógrafos respecto de los cartularios de Santa María de Valpuesta han continuado durante estos años, con el respaldo de la Real Academia Española, y han dado como fruto la edición de “Los Becerros Gótico y Galicano de Valpuesta”, que fueron presentados en la sede de la Academia en Madrid. Estas investigaciones vienen a confirmar que en los códices de Valpuesta se encuentran las palabras más antiguas escritas en romance castellano.

Fue antes un antiquísimo obispado ( cuyo territorio comprendía el norte de Burgos, la mitad oriental de Cantabria y las zonas occidentales de las actuales Vizcaya y Álava), la primera diócesis del oriente del reino de Asturias, del que formaba parte Castilla en el siglo IX, y funcionó como obispado desde el año 804 hasta el siglo XI. Siendo Valpuesta un centro neurálgico en la organización de la primitiva Castilla, tiene toda lógica que el romance castellano naciera en esta zona de primera expansión castellana y no en La Rioja, incorporada a Castilla más tarde en el año 1076.

Antes de ultimar este viaje hasta Taranco de Mena, conviene visitar Medina de Pomar, que cuenta también con su larga historia y un abundante patrimonio de casas blasonadas y de iglesias. Una de las ermitas está dedicada a San Millán, donde se ubica el Centro de Interpretación del Románico de Las Merindades. Pero el edificio más imponente, situado en el alto de la ciudad, es el castillo de los Velasco ( o alcázar de los Condestables de Castilla), que aloja el Museo Histórico de Las Merindades.

Desde Medina de Pomar y para llegar a Taranco, primero hay que ir en dirección al puerto de Los Tornos, y a la altura de Bercedo desviarse a la derecha hacia Villasana de Mena, ya en la vertiente cantábrica. En medio de un paisaje verde y frondoso se alza un sencillo monumento al nombre de Castilla, que hace referencia a que en el acta fundacional del monasterio de San Emeterio y San Celedonio en Taranco, construcción ya desaparecida, se hace mención por primera vez a Castilla en un documento cristiano de fecha 15 de septiembre del año 800. Investigadores como Gonzalo Martínez Díez tachan este documento de apócrifo, es decir, falso, creado en el siglo XII para justificar o crear títulos de propiedad en favor del monasterio de San Millán de la Cogolla, dado que dicho documento como otros se redactaban para justificar la agregación de monasterios lejanos al cenobio riojano que alcanzó un extenso dominio territorial. En todo caso, merece la pena acercarse hasta Taranco aunque sólo sea para disfrutar de un paisaje idílico y de la compañía del singular monumento, celebrándose todos los domingos más cercanos al 15 de septiembre una romería en conmemoración del nombre de Castilla alrededor de la ermita que ahora se levanta en el lugar del antiguo monasterio.

Castilla, de condado a reino

Francisco Javier Sánchez

En una anterior entrada expuse cómo fue el nacimiento de Castilla. Como continuación a esa entrada sobre la historia de la primitiva Castilla, invito a leer de una forma muy resumida cómo se transformó Castilla, desde un condado unificado por Fernán González, hasta un poderoso territorio fruto de la vitalidad de sus gentes que alcanzó la categoría de reino en el siglo XI.

La rápida ampliación del reducido territorio castellano de los inicios del siglo IX produjo su fragmentación en varios condados, que se caracterizaban por tener una dependencia más teórica que real de los reyes de Asturias, dado que se situaban en la frontera oriental abierta a los ataques de los musulmanes. En la población predominaban los campesinos libres, habituados al manejo de las armas, y no existían grandes linajes.

En el año 932 Fernán González se titula conde de toda Castilla y de Álava, reuniendo bajo su control un considerable territorio que comprendía desde la costa cantábrica de las actuales Cantabria y Vizcaya hasta las comarcas de Roa, Sepúlveda y Gormaz, dotando al gran condado de mayor peso geopolítico y de más fortaleza.

Algunos estudiosos afirman que Fernán González pasó su infancia al cuidado de un ayo en el interior de Cantabria, cerca de Ampuero, para así evitar peligros, donde era preparado para recibir responsabilidades de gobierno al ser probablemente hijo de Gonzalo Fernández, que fue conde de Burgos y Lara.

La independencia del Condado de Castilla se hace definitiva cuando su hijo García Fernández (años 970-995) hereda todos los condados castellanos unificados por Fernán González en un único linaje, incorporando además el condado de Monzón, y fortaleciendo el Torreón de Covarrubias que figura en la imagen. El conde Sancho García (995-1017), aprovechando la debilidad del califato, se dedica a repoblar el valle del Duero, incrementando su autoridad. El último conde castellano de la estirpe de Fernán González, García Sánchez (1017-1029), lo fue siendo menor de edad bajo la tutela del rey Sancho III de Navarra, su cuñado, y acabó asesinado en León. A partir de entonces el Condado de Castilla estuvo bajo el dominio de dicho rey de Navarra, y su hijo Fernando heredó Castilla en 1035, siendo también rey de León a partir de 1037. Esta fue la primera unión de León y Castilla. Con Fernando desaparece el título de conde de Castilla, y a su muerte en el año 1065 su hijo Sancho hereda con el título de rey, Castilla, convirtiéndose en reino.

Por último, destacar que durante los siglos IX a XI existió un obispado en Valpuesta, sobre el que recayeron labores esenciales en la organización de la primitiva Castilla. De allí proceden los documentos que recogen las palabras más antiguas del primigenio romance castellano, los llamados Cartularios de Valpuesta, anteriores a las Glosas Emilianenses de San Millán de la Cogolla.

El nacimiento de Castilla

Francisco Javier Sánchez

Resulta un poco complicado resumir cómo nació Castilla, una entidad totalmente novedosa en la Historia pero que surgió con fuerza. Tras la invasión musulmana de la España visigoda a principios del siglo VIII, la mayoría de los godos que vivían en las dos mesetas, campesinos y ganaderos, junto con la clase dirigente de Toledo, se refugiaron al norte de la Cordillera Cantábrica; los primeros -la masa popular- preferentemente en la antigua Cantabria y los segundos -la corte toledana y los restos de su ejército- en tierras de Oviedo. De esa mezcla con la población nativa y con los hispano-romanos surgió el reino de Asturias, que llegó a abarcar prácticamente todo el norte peninsular, desde Galicia hasta Álava. Desde un principio el reino de Asturias, al igual que los demás reinos y condados cristianos que fueron apareciendo en los Pirineos, se sentía heredero de la tradición visigótica, aunque sobretodo fue la corte asturiana la que basaba su legitimidad en Toledo, la capital de la España visigoda.

Dentro del llamado reino de Asturias destacó pronto la vitalidad humana de la antigua Cantabria, que empezó a llamarse la tierra de los castillos desde el mismo siglo VIII, por las numerosas atalayas y fortalezas que tuvieron que levantar para defenderse de las acometidas musulmanas que llegaban a través del valle del Ebro. Menéndez Pidal afirma que “entonces empieza a sonar en la historia el nombre de Castilla, los castillos, aplicado a esta pequeña y combatida frontera oriental del reino asturiano”. El Poema de Fernán González, escrito en el siglo XIII por un poeta anónimo pero muy orgulloso de la génesis de Castilla, hace referencia a esta Castilla limitada a un reducto montañoso:

“Era Castiella Vieja un puerto bien cerrado,

non había mas entrada de un solo forado;

tovieron castellanos el puerto bien guardado,

por que de toda España ese hobo fincado”

Los árabes ya la llamaban Al-Quilé ( los castillos) en crónica del año 792 al tratar la expedición de Hissem I. En documentos cristianos aparece “Castilla” en el año 800 con ocasión de la fundación del monasterio de San Emeterio y San Celedonio en Taranco de Mena (en las Merindades de Burgos), donde se levanta un sencillo monumento al nombre de Castilla en mitad de un precioso paisaje de ensueño. El autor del Poema de Fernán González viene a recordar expresamente a La Montaña, hoy provincia de Cantabria, en unas estrofas que son todo un canto a los orígenes de Castilla:

“Sobre todas las tierras mejor es la Montanna,

de vacas e ovejas non ha tierra tamanna,

tantos ha y de puercos que es fiera fazanna,

sirvense muchas tierras de las cosas de Espanna”

Enseguida los primitivos castellanos, es decir, los montañeses, se desplazaron al sur de la Cordillera Cantábrica, fundando Brañosera, cuya imagen boscosa encabeza este texto, siendo su carta de población otorgada por el conde Múnio Núñez en el año 824 el fuero más antiguo de España. En el año 860 reconquistaron al mando del conde Rodrigo la mítica Peña de Amaya, que era uno de los principales asentamientos de los antiguos cántabros, volviendo pues a retomar este bastión que fuera de sus abuelos. Desde la alta meseta de Amaya se seguía avanzando hacia el sur y en el año 884 repoblaron Burgos con el conde Diego Rodríguez Porcelos, que será conocida más tarde como cabeza de Castilla.

Ya en aquellos tiempos Castilla comprendía un territorio un poco más amplio que el reducto montañoso, pero no dejaba de ser un pequeño rincón en estrofas del poeta que cantó a Fernán González, el primer conde que unificó los condados de Castilla en un gran condado más adelante, en el año 932:

“Era Castiella entonces un pequeño rincón,

era de castellanos montes de Oca mojón,

y de otra parte Fitero el hondón;

Carazo era de moros en aquella sazón.”

Conviene destacar que Castilla estaba dividida hasta entonces en varios condados, Castilla Vieja, Cerezo-Lantarón, Lara, Burgos, Campoo y Álava, siendo sus condes dependientes del reino de Asturias, más tarde llamado de León cuando el rey Ordoño II ( años 914-924) fija la capital del reino en León. Los diversos condados que surgieron en la primera Castilla vienen reflejados muy bien en la obra “Historia de Castilla, de Atapuerca a Fuensaldaña”, dirigida por Juan José García González y editada por “La esfera de los libros”.

A Castilla la hicieron España y España deshizo a Castilla y la sigue deshaciendo

Francisco Javier Sánchez

Castilla tuvo un gran historiador y político que se llamaba Claudio Sánchez-Albornoz. Fue doctor y catedrático en Historia, diputado por Ávila, rector de Universidad, ministro, embajador, presidente del Gobierno republicano en el exilio…, pero ante todo fue un castellano comprometido con su tierra aunque estuviera viviendo muy lejos de ella. Escribió lo siguiente en su magna obra “España, un enigma histórico”: “ Castilla no se ha impuesto a España, se ha sacrificado por ella. En las Constituyentes de 1931, enfrenté la injusta frase orteguiana: “Castilla hizo a España y la deshizo” y acuñé esta otra, absolutamente exacta: “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla ( y la sigue deshaciendo, también dijo)”. Y tuve el placer de que Ortega y Unamuno aceptaran tal definición”.

Me voy a permitir mejorar la primera parte de la famosa frase de Claudio Sánchez-Albornoz, sin menoscabo alguno de la gran autoridad que emana de sus profundísimos estudios, y que ya he adelantado con el propio título de esta entrada. En largo sería: “A Castilla la hizo España una guerra ganada por Fernando de Aragón y España deshizo a Castilla y la sigue deshaciendo”.

Esta mejora que me atrevo a realizar tiene su base en lo que nos cuenta la misma Historia en general y el propio Sánchez-Albornoz en su citada obra al afirmar que Castilla no se impuso a España sino que se sacrificó por ella, es decir, que a Castilla la hicieron España pues nadie se sacrifica por propia voluntad. El ideario castellano de Don Claudio Sánchez-Albornoz se expuso en esta entrada.

Muerto en extrañas circunstancias ( ¿envenenado?) el rey Enrique IV de Castilla en el año 1474, se desató la llamada Guerra de Sucesión Castellana entre los partidarios de Juana de Trastámara y de Isabel de Trastámara, respectivamente hija y hermanastra del difunto rey, con el apoyo en el primer caso de Portugal y en el segundo de Aragón. Es decir que España podía haber resultado de la unión de Castilla y Portugal, posibilidad finalmente derrotada por la intervención militar de Fernando de Aragón, que vino previamente a Castilla a escondidas para casarse en el año 1469 con una fugitiva Isabel en contra de la opinión en vida de Enrique IV, rey que alentaba la unión luso-castellana.

Cabe recordar que España siempre había comprendido cultural y geográficamente toda la Península Ibérica, y que tanto Portugal como Castilla nacieron como condados al abrigo del reino de León.

En la unión dinástica de Aragón y Castilla estaba vitalmente interesada la primera corona, a punto de sucumbir ante una potente Francia que había sido hasta entonces la tradicional aliada de Castilla durante la Baja Edad Media. Castilla de repente tuvo que adoptar en política internacional los intereses de Aragón: conflictos bélicos con Francia durante dos siglos; mantenimiento y defensa con hombres, dinero y medios materiales de las posesiones de Aragón en el Mediterráneo; y la peculiar política matrimonial llevada a cabo para con sus hijos por los Reyes Católicos, obsesionados en rodear a Francia. Matrimonios y fallecimientos varios que abocaron a la extinción de la Casa Real de Castilla y al advenimiento de la nefasta Casa de Austria, durante un tiempo breve con Felipe el Hermoso ( rey de Castilla y no de Aragón, donde continuaba Fernando) y definitivamente instalada con Carlos de Gante, rey de Castilla usurpando el trono a su madre Juana, y rey de Aragón por la muerte de Fernando el Católico sin haber dejado descendencia tras el matrimonio con Germana de Foix ( si hubiera sobrevivido un heredero aragonés, niño que falleció a los pocos días, las coronas de Aragón y Castilla se hubieran separado). Se empezaba a deshacer Castilla y no se respetaba ni el testamento de Isabel la Católica.

Reproduzco, llegando a este momento histórico, este párrafo de la obra de Sánchez-Albornoz “España, un enigma histórico”: “…Malogróse ésta ( la inmejorable coyuntura económica y demográfica de Castilla en los albores del siglo XVI) por una serie de azares históricos. El que más desdichadamente incidió en el curso de la historia de España fue la casual herencia de Carlos de Austria de los reinos españoles y la incorporación de los mismos al gran conjunto de estados que hubo de regir el nieto de los Reyes Católicos. Esta calamidad nacional, históricamente imprevisible y que el juego de fuerzas de la vida española hacía insospechable, agostó en flor el despliegue del potencial económico hispano, avanzado ya en el siglo XV, y la creciente reactivación industrial, comercial y bancaria de Castilla.”

De calamidad nacional califica el historiador Claudio Sánchez-Albornoz la entronización de la Casa de los Habsburgo en Castilla, y no es para menos tras los dos siglos en los que esa dinastía tuvo a Castilla como el soporte que con su Hacienda y sus Ejércitos sustentaba los gastos desorbitados y los intereses patrimoniales y familiares de los Austrias por toda Europa. Tras la derrota de los comuneros y destrozado su proyecto constitucional encarnado en la Ley Perpetua redactada por la Junta reunida en Ávila durante el verano del año 1520 ( Véase la entrada “La Ley Perpetua del Reino de Castilla” ), Castilla se vió obligada a financiar el título de Emperador a Carlos, con lo que le proporcionó dos Imperios, el americano y el alemán; si en el siglo XVI las clases productivas de Castilla pagaban cinco veces y media más que las de Aragón, en el siglo XVII pagaba ya 8,38 veces más, conforme a los estudios de Carande en “Carlos V y sus banqueros” y de Antonio Domínguez Ortíz en “Política y Hacienda de Felipe IV”. Francisco de Quevedo lo expresaba en esos versos que dicen: “En Navarra y Aragón no hay quien tribute ya un real, Cataluña y Portugal son de la misma opinión.” Castilla languideció hasta extremos desconocidos en lo económico y sus antes prósperas y populosas villas y ciudades se vinieron abajo; Castilla se deshacía a marchas forzadas.

Finalizada la Guerra de Sucesión Española entre Austrias y Borbones, Castilla tuvo que ceder Gibraltar a Inglaterra. La presión fiscal en Castilla durante el reinado de Felipe V redujo la diferencia con Aragón, de modo que mientras un castellano pagaba 29 reales y medio al Tesoro, un aragonés pagaba 11 reales y medio. ¡De qué manera podía levantar la cabeza Castilla!. Castilla arrastra un grave empobrecimiento de la época de los Austrias y no está en condiciones de subirse al tren de la prosperidad económica iniciado en el siglo XVIII. Castilla sigue deshaciéndose.

A pesar de que la historia más reciente es conocida por todos, todavía se sorprenden algunos de que las provincias de Burgos, Palencia, Segovia, Ávila, Soria, Guadalajara y Zamora tuvieran más población en el año 1900 que en el año 1981, teniendo en cuenta que España en el año 1900 contaba con sólo 18 millones de habitantes, superando en aquel año en población Salamanca a Vizcaya, o Guadalajara a Guipúzcoa. Castilla se sigue deshaciendo en lo económico y en lo demográfico y, por tanto, en lo cultural.

Y tras la despoblación en términos absolutos de la mayoría de las provincias de Castilla acontecida durante el franquismo, fruto de su marginación económica, a Castilla se le impuso la marginación política con su disolución en varias comunidades autónomas ( Sobre los procesos autonómicos en Castilla, véase esta entrada). Castilla sigue deshaciéndose por ahora, también en lo político, no se sabe hasta cuándo, en aras de lo que se ha dado en llamar interés general de España. Sobre el interés general de España, escribió certeramente en su blog Pedro de Hoyos.

Por lo tanto, hay que concluir: “A Castilla la hicieron España, y España deshizo a Castilla y la sigue deshaciendo”. Para acabar con el proceso destructivo que resume la segunda parte de la anterior frase, que ya pronunció el Maestro Don Claudio Sánchez -Albornoz en las Cortes en el año 1931, sólo cabe que Castilla sea reconocida como una unidad en lo institucional y en lo político para dar el verdadero sentido a una España unida y diversa, sin olvidar el reforzamiento de los lazos con Portugal. No es mucho trabajo para la reforma de la Constitución que se avecina cada vez más cerca.

Iniciación a la numismática castellana

Francisco Javier Sánchez

Es prácticamente imposible resumir en una entrada un tema tan extenso como es el de la numismática, aunque se pretenda realizar una introducción referida específicamente a la moneda castellana.

La numismática está considerada una ciencia auxiliar de la historia, empezando el hombre a usar objetos premonetales y propiamente monedas desde el mismo momento en que abandona la práctica del trueque o intercambio de bienes. Las primeras monedas se acuñaron en la antigua Grecia, siendo Lidia en el siglo VII a. C. la ciudad de la península de la Anatolia donde de una forma sistemática se fabricaron. Pero pronto se descubrió que las monedas también servían como objeto de propaganda, para conmemorar batallas o para anunciar la finalización de un gran edificio. Y también acumulando monedas apareció la manera de crear un capital con un valor inalterable y fácilmente manejable entre una amplia comunidad humana.

Hoy en día se suele hablar de la numismática como la afición de coleccionar monedas y también billetes, sean de la época que sean, aunque evidentemente los billetes son más modernos. A los coleccionistas de monedas en general les suele gustar la historia y el arte, pero no siempre van unidas, pues de hecho el coleccionismo de monedas también puede ir encaminado a una forma de inversión. Hay muchos tipos de coleccionistas y de colecciones de monedas, que dependen de las posibilidades económicas de gasto de cada uno, de una determinada parte de la historia del mundo o de su país con la que se sienten más identificados o de la que entienden más, o de las perspectivas de futuro para vender todas o parte de las monedas y obtener una ganancia.

A la hora de forjar una colección de monedas conviene primero adquirir libros y catálogos sobre el tipo o la época de las monedas que pretendemos adquirir, pues son la guía imprescindible para no perdernos entre la enorme variedad de monedas que se han acuñado a lo largo de la historia. Es decir, primero hay que conocer las monedas antes de tenerlas en nuestras manos. Y después, sobre ese conocimiento que se va teniendo a lo largo de los años, estudiar las maneras de adquirir las primeras monedas, que por sentido común han de ser inicialmente las más corrientes. Las formas de conseguir monedas para la colección pueden ser ser muy variadas, y a veces una colección se inicia con monedas regaladas por familiares y amigos, pero las más frecuentes son las siguientes: en mercadillos numismáticos que se reunen los domingos en las plazas de las ciudades; en comercios del sector numismático; en subastas públicas que organizan algunas casas y que normalmente no requieren estar presentes sino que se organizan por correo, o sea, remitiendo la orden de pedido y la puja; mediante el cambio de monedas con otros aficionados…, y hasta por internet.

Y como consecuencia de todo ello, es fundamental conservar las monedas de la colección en un lugar adecuado, colocándolas en álbumes y en bandejas específicas para ello, y teniendo a nuestra disposición un mínimo material para la observación y manipulación de las monedas, como tapetes de fieltro, lupas, pinzas, balanzas de precisión, sobres de papel o de plástico…

En España las monedas que más frecuentemente se coleccionan son las posteriores a la reina Isabel II, cuando la peseta se instauró como la moneda oficial en octubre de 1868, aunque ya se acuñaron monedas con la inscripción peseta en 1808 en Barcelona. Estas monedas son las del Centenario de la Peseta, abarcando las emitidas desde el Gobierno Provisional tras la abdicación de Isabel II hasta las últimas pesetas de Juan Carlos I en el año 2001. Pero también hay coleccionistas de monedas ibéricas, romanas, griegas, bizantinas, hispanomusulmanas, medievales castellanas, aragonesas, navarras y portuguesas, abarcando todas las épocas de la historia y antiguos reinos. Y, por supuesto, hay personas que coleccionan monedas de los Reyes Católicos Isabel y Fernando, de los reyes de la Casa de Austria y de los Borbones hasta Isabel II. También hay coleccionistas de monedas extranjeras como los de tipo duro de plata o de moneda de oro que cotiza prácticamente por su valor en metal.

¿A qué se podría llamar numismática castellana?. Evidentemente, monedas castellanas son todas las que se han acuñado a lo largo de la historia en cualquier lugar de Castilla, aunque más usualmente se habla de moneda castellana a la asociada a los sistemas monetarios que tuvo la Corona de Castilla durante la Edad Media y la Edad Moderna. Es decir, tan moneda castellana era la dobla de la banda de Juan II acuñada en el siglo XV en Sevilla, como la acuñada en Burgos o en La Coruña. Y tan moneda castellana es la de Real de a Ocho ( u ocho reales) acuñada a nombre de los Reyes Católicos en Toledo, como los Reales de a Ocho que se acuñaron a nombre de los reyes de la Casa de Austria en Segovia, México o Potosí, o como los llamados columnarios acuñados en cecas americanas durante los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III con el escudo de Castilla y León en el anverso y las columnas de hércules y los dos mundos en el reverso.

No siempre cuánto más antigua sea una moneda más cara va a ser comprarla. Hay monedas medievales castellanas muy baratas porque se fabricaron millones, aunque se acuñaran a martillo y una por una. Por ejemplo, las llamadas blancas, dineros, cornados y maravedís, de metal de cobre o de vellón ( aleación de cobre y plata), según su reinado, ciudad de acuñación y estado de conservación, se pueden adquirir a partir der seis o de doce euros. Por tanto, las posibilidades para formar una colección de monedas castellanas, de la época, reinado y tipología que se pretenda, son muchas. Y empezando por las monedas menudas y la calderilla de la edad media, se puede continuar con los reales y los medios reales de plata medievales, aunque entonces habrá que desembolsar una media de cien euros por pieza, como mínimo en una conservación digna. Otro nivel superior sería la moneda medieval de oro de Castilla y León, en la que los maestros acuñadores reflejaban con más detalle en cada moneda el arte románico y posteriormente el arte gótico. La moneda medieval castellana de oro más fácil de adquirir es la dobla de la banda de Juan II acuñada en Sevilla, cuya imagen de reverso ilustra esta entrada y que pertenece a la colección de un amigo.

Este texto sólo ha querido ser una pequeña introducción al fascinante mundo de la numismática, en este caso de la castellana, y animar a conocer un poco más toda la inmensa variedad de monedas que se acuñaron en la Corona de Castilla, alcanzando nuestras monedas de plata de ocho reales o duros en la Edad Moderna prestigio internacional, hasta el punto de ser la divisa mundial hasta mediados del siglo XIX, como hoy lo puede ser el dólar norteamericano.

La bandera de Castilla

Francisco Javier Sánchez

Esta entrada va a tratar de un tema, el de la bandera de Castilla, sobre el que ha recaído bastante confusionismo en los últimos años, pese a la gran solera histórica que ostenta. Equívocos y confusionismos que van ligados a algunas concepciones territoriales o políticas que sobre Castilla han surgido a lo largo de los últimos cien años. Pero ahora no voy a hablar del color morado atribuido falsamente a Castilla o a los comuneros, del que ya se ha escrito lo suficiente como para no seguir más con ese incomprensible equívoco.

Para introducirse en el tema de las banderas, hay que tener en cuenta que primero aparecen los escudos y la heráldica y posteriormente la bandera, como plasmación en tela del escudo. Los blasones o escudos de armas más antiguos datan del siglo XI, aunque de antes ya existía una simbología en algunas civilizaciones. Cuando se incorporan los escudos a un trozo de tela, nacen las banderas como tales y la ciencia que las estudia, la vexilología. Los pendones de la alta edad media tienen una significación militar, como distintivo y signo para hacerse ver un jefe de armas. Y en el caso del pendón del rey, son el símbolo y la encarnación del reino en la persona real, colocando las armas del rey en la bandera.

¿Cómo se conforma históricamente la bandera de Castilla?. Primero hay que hacer referencia al león heráldico. La imagen parlante del león es la más antigua de toda la Península Ibérica, apareciendo en un sello de cera que pende de un documento de Alfonso VI ( año 1098). Durante el reinado de Alfonso VII ( 1126-1157) se plasma el león en sus monedas también, y es el primer símbolo heráldico que sustituye a la cruz en los pendones, como se recoge en la Crónica Latina que narra la reconquista de Almería en 1147, donde los pendones del rey mostraban bordados el león. El castillo como motivo heráldico apareció más tarde, también sustituyendo a la cruz como signo real, con el rey Alfonso VIII ( 1158-1214), labrándose tanto en monedas como en sellos reales, consolidándose el castillo de tres torres en el blasón del rey y en su pendón tras la batalla de las Navas de Tolosa ( 1212).

Asumiendo la totalidad de la historia de Castilla, desde el siglo VIII hasta nuestros días, y asumiendo la evolución de la inicial historia de Asturias y de León, de la que Castilla siempre formaba parte, de la constitución posterior de Castilla como reino, y de su unión de nuevo – ya definitiva y permanente- con el reino de León a partir de 1230 con Fernando III el Santo, se llega a la histórica bandera en cuyo paño figuran dos castillos y dos leones como traslación del mismo escudo cuartelado en cruz de castillos y leones. Fernando III fue el primer monarca de Europa en cuartelar sus armas en cruz, significando la unión total, una innovación que más tarde imitaría Eduardo III de Inglaterra. El escudo y el pendón cuartelados enseguida alcanzaron una profusión notable, de tal modo que ya estaban presentes en la reconquista de Sevilla en el año 1248, pudiéndose contemplar hoy en día el pendón cuartelado de San Fernando en la catedral de Sevilla. La primera representación conocida del castillo y el león juntos, esculpidos en piedra, figura en la puerta de la catedral de Santander desde el claustro, que data del reinado de Fernando III, dado que dicha iglesia era de patronato real, según explican José Luis Casado Soto y Julio Polo Sánchez en un estudio sobre la catedral montañesa.

La bandera o pendón del rey de Castilla, abreviadamente la bandera de Castilla, nos ha acompañado a lo largo de toda nuestra historia, estando presente en todas las acciones militares de los castellanos, en nuestras empresas descubridoras y mercantiles, en las fiestas y procesiones de las ciudades y villas castellanas, en las proclamaciones de los reyes, y hasta en los hechos más audaces como el de las flotillas castellanas remontando los ríos Sena y Támesis hasta París y Londres en los años 1379 y 1380 en el contexto de la Guerra de los Cien Años. Por no mencionar la resonante batalla naval de La Rochela, a la que se refiere Francisco Ignacio de Cáceres en su obra “Santander, una historia de vientos y mareas”, imaginándose las banderas castellanas en la mar: “…ambas escuadras mostraban al sol naciente la pompa heráldica de sus largas banderas y las velas cuarteladas: de rojo y blanco, con los castillos y leones de Castilla, los de las Marismas, y de azul flordelisado, y rojo con los tres leopardos, los ingleses”.

¿Y qué decir del descubrimiento de América, de su exploración, conquista y colonización, en donde la huella indeleble de lo castellano forma buena parte de la identidad iberoamericana, y también de su heráldica?. En fortalezas de las costas de Florida y de Puerto Rico siguen ondeando las banderas de Castilla, y en los actos conmemorativos de la fundación de sus ciudades se coloca a la bandera cuartelada de castillos y leones en un lugar de honor.

Pero el pendón evoluciona, y también se representa en el centro de un paño carmesí el escudo cuartelado en cruz, que describo con más detalle ahora: en el primer y cuarto cuarteles sobre campo de gules un castillo de oro almenado de tres almenas, mamposteado de sable y clarado de azur; en el segundo y tercer cuarteles sobre campo de plata, un león rampante de púrpura, linguado, uñado y armado de gules, coronado de oro. Es decir, en muchos ocasiones nos olvidamos de que Castilla cuenta con dos enseña históricas: las que podemos llamar bandera o pendón cuartelado, y el pendón carmesí con el escudo.

Ejemplares históricos del pendón carmesí con el escudo cuartelado se conservan varios,  uno del siglo XVI en el Museo de las Ferias en Medina del Campo, utilizado por dicho Ayuntamiento, y otro del siglo XVIII en el Museo de los Fueros en Sepúlveda, del que hacía uso su Comunidad de Villa y Tierra. También se conserva en Medina del Campo otro pendón de siglo XVIII.

Todo esto lo explica muy bien un libro editado en 1983, titulado “El Pendón Real de Castilla y otras consideraciones sobre el reino”, de Amando Represa Rodríguez ( 1918-2010), historiador y director del Archivo de Simancas durante muchos años, en el que trata del pendón de Castilla en la parte primera de su obra, apoyado “en informes documentales, cronísticos y gráficos coetáneos de los hechos; en antiguos pendones auténticos aún conservados y de los que tenemos noticia y en una biblioteca solvente y objetiva”. Amando Represa consideraba que el pendón es una bandera, es decir, un paño en el que debe figurar el escudo de armas, y por tanto -por así decir- la bandera completa y más evolucionada sería la de paño carmesí con el escudo y la simplificada sería directamente el escudo de cuatro cuarteles en el paño. Curiosamente la “simplificada” es la que más ha triunfado a lo largo de la historia, figurando banderas cuarteladas en el primer mapamundi conocido, el del marino castellano Juan de la Cosa del año 1500; y el pendón carmesí con el escudo cuartelado se utilizaba principalmente en las proclamaciones de los reyes y en las procesiones, tal como se observa en un plano de San Juan Bautista del Uruguay del año 1754 depositado en el Archivo de Simancas, pendón muy similar a los que se conservan en el Museo de las Ferias de Medina del Campo y en el Museo de los Fueros de Sepúlveda, que pertenecieron a sus Ayuntamientos. El pendón carmesí es el que muestro en el índice de este blog,  y el que ha recuperado Felipe VI en su estandarte real, aunque los medios de comunicación se han olvidado del origen castellano del carmesí.

Existe una descripción del Pendón Real de Castilla en el inventario mandado hacer por Isabel la Católica del tesoro del Álcazar de Segovia en el año 1503. Documento que se conserva en el Archivo de Simancas. En el Pendón de Castilla se incorporaba el escudo de armas de castillos y leones a un paño de color carmesí o “encarnado”:

“Un Pendón Real grande, de tafetán encarnado, fecho a quarterones; los leones, en campo blanco, son fechos de tafetán colorado, e todo bordado de oro hilado; e los castillos amarillos e las puertas azules. Tiene en ancho seys varas, e de largo ocho varas escasas, e las flocaduras anchas, de seda colorada e blanca. Tiene unas cintas de seda blanca e colorada, tan anchas como una pulgada, con unas perillas e borlas al cabo de la dicha seda.”

De todas maneras no hace falta ser un erudito en este tema para comprobar que el emblema cuartelado de Castilla figura hasta en los escudos de Santoña, de Toledo o de ciudades y estados de América; esculpido en la fachada de cualquier iglesia o edificio histórico como en el Jerónimo el Real de Madrid o formando filacterias en la portada de la Catedral de León; en el interior de cualquier edificio histórico, figurando pintado en murales como en el castillo aragonés de Alcañíz o pintado en la columna central de la catedral de Cuenca, y también figura una filacteria de castillos y leones en la Capilla de San Martín de la Catedral de Salamanca; también se muestra pintada una filacteria de castillos y leones  en el pedestal de la Virgen de Valvanera (Patrona de la Rioja y Cameros); en las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio y en el Libro de la Coronación de los Reyes de Castilla, que se conservan en la Biblioteca de El Escorial, se pueden observar  el pendón y escudos cuartelados;  y labrado en millones de monedas castellanas, ya fueran acuñadas en León, Burgos, Toledo, Sevilla, México o Lima. Por lo que en ningún error podemos incurrir los castellanos acerca de cuáles son nuestros símbolos, que -como los de Aragón- ahondan sus raíces en la edad media y en la figura del monarca. Un error muy extendido es el creer que los comuneros enarbolaron pendones morados, cuando evidentemente portaron los de sus ciudades y villas, junto con el pendón cuartelado del Reino, dado que la Junta Comunera y las Cortes se constituyeron en la voz legítima de Castilla contra Carlos de Gante. Sobre el falso color morado hay esta entrada.

Ya desde hace siglos se quisieron fijar literariamente los emblemas de los castellanos, como en el cantar épico medieval conocido usualmente por Cantar de Rodrigo,  donde hay una parte que lleva por título el blasón de Castilla:

Rey soy de Castilla e de León, assí fago:

sabedes que León es cabeza de todos los reinados,

e por esso vos ruego et a vós pregunto tanto

cuál seña me mandades fazer; atal faré de grado,

ca en cuanto yo valga non vos saldré de mandado.–

Dixieron los castellanos: –En buen punto fuestes nado;

mandat fazer un castillo de oro, e un león indio gritando.–

Mucho plogo al rey cuando los reinos se pagaron;

bien ordenó el rey su tierra commo rey mucho acabado.

Otorgó todos los fueros que el rey su padre avía dado;

otorgó los previllejos de su avuelo el conde don Sancho.

Pero también, ahora mismo, se loa poéticamente a la bandera de Castilla, como lo hace el escritor Juan Pablo Mañueco en su obra “Castilla, este canto es tu canto”:

La cuartelada maravilla que tremoló

por la tierra y por el mar Castilla

sea siempre la bandera mía.

¡Así la he visto, recibido y recibo yo!

Una bandera y un escudo, pues, de los que nos tenemos que sentir muy orgullosos los castellanos; unos emblemas que jamás se podrán borrar de nuestra historia, de nuestra cultura y que identifican a Castilla por todo el mundo.

Escribir en los medios de comunicación sobre Castilla

Francisco Javier Sánchez

Es ya una práctica habitual en las sociedades con conciencia crítica que los ciudadanos remitan alguna vez a los medios de comunicación, ya sean de prensa escrita o de formato digital, una carta al director o un artículo de opinión para abordar un tema de actualidad, o simplemente para hacer llegar tus impresiones a los lectores sobre una determinada cuestión que te interesa especialmente, o para formular una queja o un agradecimiento respecto de algo que te ha sucedido.

También es cada vez más frecuente contar con blogs en internet para estos menesteres, especializados en un determinado tema en algunos casos y en otros ocupándose de temáticas generales.

Escribir sin más no es sencillo en determinadas ocasiones. Primero, para ello hay que tener ganas de escribir, estar motivado. Y segundo, exponer claramente lo que se quiere decir, desarrollando una redacción fácilmente entendible por el lector. En este sentido recomiendo que en el caso de escribir las llamadas cartas al director, se redacte un texto conciso y se expongan unas ideas claras y principales de lo que se quiere transmitir. Ahí reside en buena parte el éxito de su publicación, en la brevedad y en la claridad. También es muy útil disponer de un listado de direcciones de correos electrónicos de los medios de comunicación a los que se desea remitir el texto, con lo que la difusión que se alcanza con la publicación de una carta en ocasiones es notable.

Por ejemplo la carta al director cuyo texto reproduzco a continuación, titulada “Castilla en España”, fue publicada en varios periódicos de prensa escrita o digital, como en “El País”, “ABC”, “Diario Ya”, “Diario Siglo XXI”, “El Adelantado de Segovia”, “Diario de Castilla-La Mancha”, y “El Bierzo Digital”, y también en la revista “XLSemanal”.

Por tanto, animo a escribir y a exponer las ideas y las opiniones en las que cada uno sustenta sus creencias y pensamientos, principalmente cuando se trata de hablar de Castilla, que dicho sea de paso no se la oye mucho.

Castilla en España

Hay políticos en España que piensan en una reforma constitucional poniendo su mirada sólo en el catalanismo, como si el Estado “federal asimétrico” impidiera la secesión, cuando simplemente consagraría la desigualdad entre los ciudadanos y los desequilibrios regionales ya existentes en el Estado autonómico.

Castilla precisamente es la que está ausente en la candente cuestión regional, disuelta en varias comunidades autónomas que restan el peso político y económico que le corresponde por territorio y población ( 192.079 km2 y 12.030.339 habitantes), lo que hace prioritario el reconocimiento institucional y político de Castilla para dar el verdadero contenido a una España unida y a la vez diversa.

Contrasta el ruido mediático del “problema catalán”, de una región que conoció un formidable despegue económico durante el franquismo, con el silencio y la lealtad a España de Castilla, que tuvo que asistir a su partición autonómica, todo ello tras décadas de marginación económica y de emigración. Es la hora del protagonismo de Castilla en la España constitucional.